domingo, 24 de junio de 2012

LA ORACIÓN EN EL EVANGELIO DE SAN LUCAS

Introducción

            San Lucas es un escritor muy agradable, y el que tiene el estilo más bello  en el Nuevo Testamento. El poeta Dante le dio a San Lucas este apelativo: “el que describe la amabilidad de Cristo”. Y con razón el Cardenal Mercier cuando un alumno le pidió: “Por favor aconséjeme cuál es el mejor libro que se ha escrito acerca de Jesucristo”, le respondió, “El mejor libro que se ha escrito acerca de Jesucristo se llama: El Evangelio de San Lucas”. Otro autor igualmente lo denominó, “El libro más encantador del mundo”.
            Pero muy acertadamente entiendo, también se define este escrito de S. Lucas como “el Evangelio de la oración”, porque presenta a Jesús orando en todos los grandes momentos de su vida e insiste continuamente en la necesidad de orar siempre y de no cansarse de orar. En él, -la oración- casi siempre irá referida a Jesús, pero Lucas no duda en citar la oración de otros personajes, como el Bautista, Zacarías o la misma Virgen María.
            Este Evangelio, concede una gran importancia a la oración personal de Jesús y de sus discípulos. Oración de alabanza al Padre por haber revelado los misterios del Reino a los pequeños; oración apremiante de Jesús en el huerto de los Olivos; oración de perdón en la cruz; de intercesión por Pedro en el Cenáculo; oración en los momentos decisivos de la misión: en el bautismo, predicación, elección de los discípulos, transfiguración…

1.       Pasajes en los que San Lucas habla de la oración

   La oración adquiere una importancia grande en el Evangelio de San Lucas. Corre como un hilo conductor a través de su Evangelio. Este Evangelio se abre con la oración de la espera del pueblo judío[1], y se cierra con la acción de gracias de los cristianos[2]. Nos describe a Jesús en oración cuando los otros evangelistas no hablan de ella[3].
            En una serie de ocasiones nos muestra a Jesús orando, sin que nos hable del contenido de su oración[4]. Sólo en tres momentos de su vida nos manifiesta su contenido[5] La oración aparecía al evangelista griego, como la actitud habitual de Cristo, como el gran orante y como elemento característico del cristianismo. Insiste en la oración de Cristo como en la de sus discípulos, parábola del amigo importuno[6] y de la viuda que pide justicia[7]. Trae muchas exhortaciones a la oración, tanto que esta parece ser idea de Lucas; Así en la oración del Huerto, mientras en Mt 26,39-46 y Mc 14,35-42, sólo hay una exhortación a la oración para insistir más en el aspecto cristológico, en Lc 22,40.46, hay dos exhortaciones a la oración convirtiéndose así esta perícopa evangélica en una lección cristiana de cómo a ejemplo de Cristo hemos de orar en las tentaciones. Esta idea lucana predomina a través de todo su evangelio. Es únicamente en Lucas donde se encuentran los más bellos cánticos de oración, los himnos de alabanza con que glorificamos a Dios hoy en día en nuestra vida litúrgica: el Magníficat, continua siendo el cántico de las almas agradecidas[8]; el Benedictus[9]; el Gloria in excelsis deo[10], el Nunc Dimittis[11] y el Ave María[12].

2.       La oración de Israel, oración de Jesús

            La constante más estable de las oraciones del Antiguo Testamento, es su relación con el plan salvífico de Dios: se ora a partir de lo que ha sucedido, de lo que sucede o para que suceda algo, a fin de que se dé en la tierra la salvación de Dios. El contenido de la oración de Israel la sitúa por tanto en la historia. La historia sagrada está marcada por la oración. Todos los grandes momentos de esta historia están señalados por los mediadores del pueblo que se apoyan en el conocimiento del designio de Dios para obtener su intervención en la hora presente. Algunos ejemplos: Moisés, domina todas las figuras orantes del Antiguo Testamento. su oración, tipo de la oración de intercesión anuncia la de Jesús. En consideración de Moisés salva Dios al pueblo[13].
            Reyes y profetas. El anuncio mesiánico del profeta Natán suscita en David una oración, cuya esencia es esto: “obra como tú lo has dicho”[14]. Por el poder de intercesión[15] merece Abraham ser llamado profeta[16]; los profetas fueron hombres de oración[17], y también intercesores, como Samuel[18], y sobre todo Jeremías. Esdras y Nehemías oran también a la vez por sí mismos y por los otros[19]. Más tarde los Macabeos no se baten tampoco sin orar[20].
            Los salmos, son en el libro de la Biblia el testimonio más claro y vivo de que el pueblo de Israel era un pueblo orante. El sentimiento oracional del pueblo elegido, fue el que presidió su elaboración como lo fue luego su adopción por la Iglesia. Se daba mucha importancia a la oración comunitaria. Con frecuencia la nación exulta, se acuerda, se lamenta[21]. Cada uno de los salmos es una forma de oración para una ocasión concreta. Evocan necesidades distintas: acción de gracias, alabanza, súplica, actos de fe y confianza en Yavé, etc.[22]. A veces los salmos son gritos de súplica que parten de los momentos en los que se pone a prueba la espera de la fe[23].
            Jesús. Jesús, como buen judío que era, se metió de lleno en la oración de su pueblo. Los evangelistas nos dicen, que subía al templo en las fiestas. Para él, el templo es la “casa de oración”, como lo dice al expulsar los vendedores del templo[24]. Lucas es el único que nos narra el episodio ocurrido cuando Jesús tenía doce años, sube al templo con sus padres y a los reproches de María por haberlos dejado sin informarlos responde: “¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre”?[25]. Y al final del Evangelio de Lucas dice: “Padre mío, en tus manos pongo mi espíritu”[26]. Por estas y otras frases y actitudes vemos cómo Jesús ha entrado totalmente en la liturgia de su pueblo.

3.  Jesús en oración

3. 1      Oraciones implícitas

            La oración de Jesús se menciona por primera vez en el Evangelio de San Lucas, en su bautismo[27]. Lucas, es el único que pone en relación la oración de Cristo con el descenso del Espíritu Santo[28]. Esa relación corresponde al papel que desempeña la oración en Lucas para obtener, con el bautismo, la venida del Espíritu. Es característico que la proclamación solemne de la misión mesiánica de Cristo aparece como la respuesta sensible del Cielo a su oración silenciosa. El relato de la tentación tampoco habla expresamente de oración, pero la supone. ¿Por qué Jesús había buscado la soledad?, llevado por el Espíritu Santo[29]. Cristo busca el silencio del desierto para comenzar su vida y su misión mesiánica con la oración y el ayuno. Como Moisés y Elías se refugian en la soledad del Monte Horeb y del Sinaí para volver a encontrar a Dios, el nuevo Moisés busca el diálogo con su Padre.
            Jesús se niega a seguir los sueños temporales de la muchedumbre entusiasmada por sus milagros. Su misión en e sentido técnico del término[30], no es hacer prodigios cuya ambigüedad para la muchedumbre no ignora, sino proclamar la soberanía de Dios[31]. Esta conciencia de su misión, es total sumisión respecto del Padre, las profundiza Jesús en oración solitaria en medio del silencio de la naturaleza. Lucas llega a afirmar[32], la costumbre de Jesús de buscar la soledad para conversar con Dios. Antes de escoger a los doce que gobernarán al “nuevo Israel”, consciente de la gravedad de su decisión Jesús recurre a la oración en el monte[33] lugar alto de las comunicaciones divinas, para consagrar una noche a la oración. Experimenta la necesidad de someter su obra, la organización y el porvenir de su Iglesia, a la voluntad del Padre. Esta total dependencia es expresada por Lucas en la primera y última palabra d Jesús[34].
            Los tres sinópticos refieren la confesión de Cesarea. ¿Quién dicen los hombres que soy yo? Sólo San Lucas precisa que Jesús hizo la pregunta al salir de la oración[35]. La situación no era menos solemne que la elección. En contraste con la defección de muchos discípulos, la confesión de Cesarea, marca una cima de la vida pública para Cristo, para los discípulos y para el porvenir de la Iglesia. La oración de Jesús fue eficaz, porque su Padre reveló a Pedro el secreto de su persona y su dignidad mesiánica. La transfiguración está como provocada por la oración: “Mientras oraba, cambió el aspecto de su cara”[36]. La presencia de Dios se manifestó visiblemente durante la noche por el resplandor de la luz. Los discípulos pudieron descubrir el verdadero rostro de su Maestro y, en cierto modo el reflejo de la intimidad incomunicable que unía en la oración al Hijo y al Padre.
            Otro texto que refiere únicamente Lucas, de autenticidad indiscutible, permite precisar el objeto de la oración: “Yo he rogado por ti para que tu fe no desfallezca”[37]. Ligados por la fe confesada en Cesarea, Pedro y los otros tendrán que proclamar el mensaje a los hermanos y al mundo; mensaje, que no será otro que la buena del Reino. Su fuerza podrá apoyarse en la oración de su Maestro.

4.  Oraciones explícitas

            Oración de acción de gracias (Lc 10,21-22)[38]
            Lucas sitúa la oración al retorno de la misión de los setenta discípulos. Jesús los previene contra toda voluntad de poder y contra el peligro de atribuirse lo que es obra de Dios. Su alegría sólo debe estribar sobre su elección[39]. La oración de Jesús celebra primeramente la trascendencia de Dios, “Señor del cielo y de la tierra”, fórmula que resume la revelación del Antiguo Testamento. Da gracias porque el Padre ha transmitido la plenitud de su poder[40] al que es el Hijo, por un comercio de naturaleza y de amor; y el Hijo la comunica a los discípulos, escogidos entre los pequeños de la tierra.
            La oración de Jesús nos descubre la reciprocidad del Hijo, y del Padre, dualidad de su experiencia divina y humana, a par que revela en el Mesías el misterio de Dios y el drama del hombre. Su acción de gracias está inspirada por la alegría de ver realizarse su misión mesiánica según la disposición y el beneplácito de Dios.
            Oración en Getsemaní (Lc 22,41-42)[41]
            La prueba decisiva es la del fin, cuando Jesús ora y quiere hacer que sus discípulos oren con él en el Monte de los Olivos. Este momento contiene toda la oración cristiana; Filial: “Abba”; asegura: “todo te es posible”; Prueba de obediencia en que es rechazado el tentador: “no lo que yo quiero, sino lo que tú quieres”[42]. A tientas también como las nuestras, en cuanto a su verdadero objeto. ES en esta oración donde Jesús llega al culmen de la intimidad filial con el Padre, de obediencia confiada y reverente, de su ofrenda total constante. La oración aparece aquí en su dinamismo; el alma de Jesús sufre y llama; aplastada, se vuelve hacia el Abba, Pater. El ser oído no consiste en desviar la voluntad divina de su designio, sino en someterse a él lúcidamente, carne y espíritu, hasta la muerte, sacando de la oración cruenta, paz, claridad y alegría.
            Oración sobre la cruz (Lc 23,34.46)[43]
            Lucas comienza por la invocación “Padre perdónalos, porque no saben lo que hacen”[44]. La oración de Jesús expresa el amor misericordioso, leitmotiv de todo el Evangelio de Lucas. La oración permite a Jesús contemplar las disposiciones de perdón y de salud de su Padre, rompiendo el muro levantado por el pecado. En la oración se conciernen las dos voluntades y se expresa una actitud existencial; ella nos permite comprender la obra redentora de Jesús, que por su expiación, alcanza el perdón que pide a su Padre.
            San Lucas nos ofrece la última oración: “Padre en tus manos pongo mi espíritu”[45]. Jesús imprime al salmo su cuño personal, le da su plenitud. Su última palabra es un postrer acto de filial confianza para con su Padre, cuya voluntad ha cumplido hasta el fin, para realizar la salud. La ultima oración “Y dando un fuerte grito”, no es el agotamiento final del moribundo, sino la oblación lúcida, libre, total del sumo sacerdote, obediente hasta la muerte de cruz. Oración y oblación se expresan en un mismo sacrificio.

a) Jesús orante

            San Lucas nos pone ante los ojos la imagen de Jesús como el gran orante. Jesús se retira muy a menudo a orar; practica las oraciones ordinarias, como la bendición antes de la comida[46]. Ora antes de las acciones y decisiones importantes (milagros, elección de los discípulos, etc.); en la soledad de la noche y en compañía de sus discípulos; en el gozo de Espíritu[47] y en la angustia de muerte[48]. Vive en oración constante, su alma está en unión continua con su Padre.

b) Jesús maestro de oración

            Ante el ejemplo de Jesús rante, era natural que surgiese en los apóstoles el deseo de imitarle y la petición de que les enseñase a orar[49]. Les da entonces la fórmula ideal, modelo de todas nuestras oraciones[50]. También les dicta ciertos preceptos sobre las condiciones de la oración para que sea eficaz; lo hace por medio de parábolas, insistiendo en la perseverancia, (parábola del amigo inoportuno)[51], y de la viuda que pide justicia[52], y exigiendo igualmente que la humildad acompañe nuestra petición (parábola del fariseo y del publicano[53]. Hemos de orar para no caer en la tentación[54]; más todavía, toda nuestra vida debe ser una oración[55].

5.  Oración de los discípulos

            El padrenuestro es la oración específicamente cristiana que Jesús enseñó a sus discípulos como -oración suya- para distinguirla de la oración de los gentiles[56] y de la de los discípulos del Bautista[57].
            El “Padrenuestro” (Lc 11,2-4)[58], no es una fórmula de oración: Jesús no nos dio un texto para que lo recitáramos. Es más bien el modelo, el tipo de toda oración: nos permite situar unas en relación con otras, las diferentes orientaciones e intenciones de la oración, así como jerarquizarlas. Se ruega antes por la gloria de Dios que por el pan de cada día.
            Insistir. Inmediatamente después del “Padrenuestro”, Lucas sitúa la parábola del amigo que se deja convencer[59]. Abre la puerta a su amigo importuno únicamente para que le deje en paz; Jesús dice: “Así tenéis que rezar…”. La parábola de la mujer anciana y el juez[60] es muy parecida[61]. Lucas la introduce de la manera siguiente: “Jesús les dijo esta parábola para explicarles que es necesario rezar sin desfallecer”.
            Aguantar en la espera[62]. La conclusión del segundo discurso escatológico[63] va en el mismo sentido. Jesús, después de anunciar la venida del Hijo del Hombre, concluye: “vigilad y orad, no sea que vuestros corazones se emboten con el vino y los agobios de la vida…”. La parábola del juez y de la viuda forma la conclusión del primer discurso de Lucas sobre el fin del mundo. Esto marca el carácter específico de la oración: es necesario vigilar y orar en la espera activa de la venida del Reino de Dios.
            Pedir el Espíritu Santo. En el texto de Lucas se ora en primer lugar para conseguir los bienes espirituales. En sus preocupaciones, el autor del tercer Evangelio ha conservado el orden del “Padre Nuestro”: se pide pan ciertamente, pero antes de nada la obra de Dios, la salvación. A conclusión que Jesús añade a la parábola del amigo que se deja convencer es muy significativa[64]. Mateo nos trae una enseñanza semejante: “Si vosotros que sois malos sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos…”[65]. Lucas 11,13, tiene casi el mismo texto, sólo cambia una palabra: “…cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan”. El Padre hará toda clase de regalos a sus hijos; Lucas se interesa por el regalo más importante: “El Espíritu Santo”, el don por excelencia[66].

6.  Oraciones que contiene el Evangelio de San Lucas

   El “Ave María” (Lc 1,28.42)[67]
            La primera parte del Ave María, está compuesta por el saludo del ángel a María. María es el personaje que más importantes saludos recibe en el Evangelio de San Lucas. El saludo del ángel designa a María como un ser distinguido de manera especial por el favor divino, lo cual tiene que ser referido a su elección como madre del Mesías, Hijo de Dios (v. 20). El xaipe (=alégrate) del texto griego de Lucas tiene que ser entendido, por ser la fórmula usual de saludo entre los helenos, como transcripción del saludo semítico “la paz contigo”, que hay que suponer en boca del ángel. Las palabras “el Señor es contigo”, no dan expresión a un deseo[68], sino a la garantía de una especial protección divina[69]. La segunda parte (v. 42), es interpolación proveniente del saludo de Isabel. Las palabras “a voz en grito” con que Isabel responde al saludo de María, son palabras proféticas, inspiradas por Dios. Isabel conoce y reconoce en aquel momento el misterio de la maternidad de María en su seno, hace de ella la más bendita, esto es, la adornada por Dios con el más alto grado de gracia entre todas las mujeres (el giro de “bendita entre” sirve en semítico para la expresión del superlativo[70]). Si para la mentalidad judía y semítica en general recibe una mujer la mayor honra posible por el hecho de concebir un hijo, la dignidad de ser madre del Mesías es incomparable sin más.
            El Magníficat” (Lc 1, 46-65)[71]
            El saludo profético y la bienaventuranza de Isabel despiertan en María un eco, cuya expresión exterior es el himno pronunciado: “El Magníficat”. Responde a una explosión de júbilo en Dios, incubado desde que se había realizado en ella el misterio de la encarnación. Hasta entonces no habla María tan bien del misterio de la gracia de que ha sido objeto, haciéndolo ahora en forma de himno de alabanza a Dios por el favor concedido a ella y, por medio de ella, a Israel. “El himno de María no era ni una respuesta a Isabel ni propiamente una plegaria a Dios; es una elevación, un éxtasis y una profecía”. En la mente de Lucas, o de su fuente, es el Magníficat la contestación de María al saludo con que la ha felicitado Isabel. El himno es, en su mayor parte, una recapitulación de pensamientos y expresiones del Antiguo Testamento. El canto de Ana, esperando a su hijo, parece servirle de base[72]. El Evangelio de San Lucas lo amplía con muchas referencias a los salmos y a textos de los profetas, lo cual no le quita la frescura de una improvisación.
            “El Benedictus” (Lc 1,67-79)[73]
            El canto que San Lucas pone en boca de Zacarías, va a aclarar el misterio de la persona de Juan Bautista: es el profeta que va delante preparando el camino y anunciando la salvación. El cántico de Zacarías resalta, sobre todo, la presencia de la salvación. Contiene una bella descripción de la misma: “Dios ha librado a su pueblo. Lo tenía prometido. Salva de los enemigos. Ilumina a los que viven en tinieblas. Guía nuestros pasos por el camino de la paz”. La imagen del “sol que nace de lo alto” se combina con la del “renuevo de una planta que brota con fuerza”. Se afirma que el Mesías esperado renovará el Reino inaugurado por David. Las dos imágenes nos hablan de la luz y de la vida del nuevo día que nace para el mundo, con la presencia en él de la salvación de Dios. Como el cántico de María, también éste puede ser reconstruido combinando textos del Antiguo Testamento.
            El “Gloria in excelsis Deo” (Lc 2,14)[74]
            “Alabanza a Dios”. El sentido del cántico es la glorificación que tiene Dios, que se lo supone morando en el Cielo al comenzar la obra redentora, con el Mesías en la tierra, y por el cual se sigue la “paz”, que para el judío es la suma de todos los bienes, y aquí es la suma de todos los bienes mesiánicos, que se van a dispensar a todos los hombres de “buena voluntad”: para aquellos que van a tomar partido por Cristo cuando aparezca en su vida pública, como “señal de contradicción”.
            El “Nunc dimittis” (Lc 2,29-32)[75]
            La oración de acción de gracias de Simeón, porque ya ha visto al Mesías, que era el ansia máxima par aun israelita, el gozar de su venida y visión. Por eso, su oración es también de abandono a la voluntad de Dios. Ya se lo puede llevar, se va con el gozo del mesianismo, en el que estaban cifrados todos los bienes de la salvación: “Jesús”[76].

7.  Conclusión

            Jesús tiene plena conciencia de las misteriosas relaciones que lo unen con su Padre. Esta conciencia de una unión íntima con Dios aparece desde su infancia[77] porque existía desde que el Verbo tomó posesión de su alma humana. La oración introduce a Jesús en el corazón de esta intimidad única, la más personal que cabe. Para Jesús, esta era como el despliegue espontáneo, el fluir incontenido de su alma en el trato directo, único, con su Padre. Era la efusión filial -irrepetible en su singularidad transcendente de Hijo- con Dios en adoración, alabanza, gozo, acción de gracias y petición. La oración de Jesús emerge de esta comunión con su Padre, es verdaderamente la respiración de su alma, el alto en el que su alma halla el descanso, su secreto y su vida más profunda. La oración le es natural. Por eso enseña con sus palabras, su ejemplo y su vida a orar a sus discípulos. La vida del cristiano tiene que ser una vida oracional y de relación con el Padre, como lo fue la de Jesús, ya que el cristiano es hijo en el Hijo, y con el Hijo tiene que identificarse.
Hna. Flornda Panizo
Bibliografía
AA VV, Biblia para la iniciación cristiana, NT-T. 1, Edita: Secretariado Nacional de Catequesis, Madrid 1977.
AA VV, Biblia para la iniciación cristiana, AT-T. 2, Edita: Secretariado Nacional de Catequesis, Madrid 1977.
Casciaro José María, Sagrada Biblia: Nuevo Testamento 5, Ediciones Eunsa, Pamplona 2008.
Casciaro José María, Sagrada Biblia: Antiguo Testamento, Libros proféticos 4, Ediciones Eunsa, Pamplona 2008.
De Tuya Manuel, Biblia comentada II Evangelios, Editorial BAC, Madrid 1964.
Fernández Ramos Felipe, La obra de Lucas, Cursos Bíblicos a Distancia 6, PPC/Casa de la Biblia, Madrid 1987.
Juan Pablo II, Catecismo de la Iglesia Católica, Asociación de Editores del Catecismo, Barcelona 1993.
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Pío IX, bula Ineffabilis Deus, Roma 1954.
Ubieta José ángel, Biblia de Jerusalén, Editorial Desclée de Brouwer, Bilbao 1975.

Enlaces




[1] Lc 1,10.
[2] Lc 24,53. Jerusalén y el templo ocupan hasta el final un lugar central en el tercer evangelio. San Lucas deja a los discípulos de Jesús en la ciudad santa -centro de la salvación- y concretamente en el templo. Desde ahí comienza a extenderse la Buena Noticia. El tercer evangelio se abre y se cierra en el templo, “lugar de oración y donde habita Dios”.
[3] Lc 3, 21-22; Mt 3, 13-17; Mc 1, 9-11.
[4] Lc 5, 16; 9, 18; 9, 28, etc.
[5] Lc 10, 21-22; 22, 41-42; 23, 34. 46.
[6] Lc 11, 5-13.
[7] Lc 18, 1-14.
[8] Lc 1, 46-55.
[9] Lc 1, 68-79.
[10] Lc 2, 14.
[11] Lc 2, 29-32.
[12] Lc 1, 28; 1, 42.
[13] Ex 33, 17.
[14] Cf. 2 Sam 7, 25; 1 Re 8, 26.
[15] Gén 18, 22-23.
[16] Gén 20, 7.
[17] Como Elías, Cf. 1 Re 18,36 ss.
[18] Je 15, 1; Am 7, 1-6.
[19] Esd 9, 6-15; Ne 1, 4-11.
[20] Cf. 1 Mac 5, 33; 11, 71; 2 Mac 8, 29; 15, 20-28.
[21] Sal 44; 47; 77.
[22] Sal 9; 116; 26; 45.
[23] Sal 53,5; 42,4.
[24] Lc 19,46.
[25] Lc 2,49. El diálogo de Jesús con su Madre sorprende por su aparente desapego, pero, para entenderlo, no hay que olvidar que la mentalidad semita es aficionada a los contrastes y a las antítesis. Jesús, como afirma San Ambrosio, “no les reprende porque le busquen como hijo, sino que les hace levantar los ojos de su espíritu para que vean lo que se debe a Aquel de quien es Hijo Eterno” (Expositio Evangelii secundum Lucam, ad loc.).
[26] Sal 31,16 Lc 23,46.
[27] Lc 3,21-22.
[28] El centro del mensaje está en las palabras “Tú eres mi Hijo, el amado, mi predilecto”. El texto parece responder a la súplica apremiante de Isaías: “Ojalá rasgases el cielo y bajases”. Es una proclamación de Jesús como Hijo de Dios. (Cf. Is 63,19).
[29] Lc 4, 1.
[30] Lc 4,43.
[31] Mc 1, 38.
[32] Lc 5, 16.
[33]Lc 6,12.
[34] Lc 2, 49; 23, 46.
[35] Cf. Lc 9,18. Los tres primeros evangelios recogen la confesión de Pedro. Lucas la narra de manera más condensada que los otros dos. Hay, sin embargo, un aspecto característico en el tercer Evangelio: mientras los otros dos recuerdan que el episodio sucedió en Cesarea de Filipo, San Lucas omite la referencia geográfica y rememora, en cambio, la oración de Jesús (v. 18) presente en los momentos trascendentales de su ministerio (Cf. 3,21; 6,12; 9,28; etc.).
[36] Cf. Lc 9,29. San Lucas vuelve a presentar a Jesús en oración.
[37] Lc 22,32. Jesús ora por los suyos y esta oración hace siempre posible el arrepentimiento de los que han caído y que la Iglesia permanezca en la verdadera fe.
[38] A este pasaje, también presente en San Mateo (Cf. Mt 11,25-27), se le ha llamado tradicionalmente el “himno de júbilo” del Señor. Es uno de los momentos en que Jesús manifiesta su alegría al ver cómo los humildes entienden y aceptan la palabra de Dios (v. 21).
[39] Lc 10,20.
[40] Mt 28,18.
[41] La oración es intensa, pero la congoja no lo es menos. La angustia es tal que Jesús es confortado por un ángel y llega a sudar sangre (vv. 43-44); la Humanidad de Cristo aparece aquí en toda su capacidad de sufrimiento: “El miedo a la muerte o a los tormentos nada tiene de culpa, sino más bien de pena: es una aflicción de las que Cristo vino a padecer y no a escapar. Ni se ha de llamar cobardía al miedo y horror ante los suplicios” (Sto. Tomás Moro, La agonía de Cristo, ad. Loc.).
[42] Mc 14,36.
[43] La fuerza de Jesús en su oración. Por dos veces (vv. 34.46) se dirige a su Padre Dios. Para Él son sus últimas palabras: “Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu” (v. 46). “Todos los infortunios de la humanidad de todos los tiempos, esclava del pecado y de la muerte, todas las súplicas y las intercesiones de la historia de la salvación están recogidas en este grito del Verbo encarnado. He aquí que el Padre las acoge y, por encima de toda esperanza, las escucha al resucitar a su Hijo. Así realiza y se consuma el drama de la oración en la Economía de la creación y de la salvación” (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2606).
[44] Lc 23,36.
[45] Sal 31,16; Lc 23,46. La fuerza de Jesús es su oración. Por dos veces (vv. 34.46) se dirige a su Padre Dios. Para Él son sus últimas palabras: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (v. 46). “Todos los infortunios de la humanidad de todos los tiempos, esclava del pecado y de la muerte, todas las súplicas y las intercesiones de la historia de la salvación están recogidas en este grito del Verbo encarnado. He aquí que el Padre las acoge y, por encima de toda esperanza, las escucha al resucitar a su Hijo. Así se realiza y se consuma el drama de la oración en la Economía de la creación y de la salvación” (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2606).
[46] Lc 9,16.
[47] Lc 10,21.
[48] Lc 22,41.
[49] Lc 11,1.
[50] Lc 11,2-4.
[51] Lc11, 5-8.
[52] Lc 18, 1-8.
[53] Lc 18, 9-14.
[54] Lc 22, 40-46.
[55] Lc 21,36.
[56] Mt 6, 9-13.
[57] Lc 11, 1.
[58] Es gran consuelo poder llamar “Padre” a Dios. Si Jesús, el Hijo de Dios, nos enseña que invoquemos a Dios como Padre es porque en nosotros se da la realidad entrañable de sentirse hijos de Dios.
[59] Cf. Lc 11,5-13. La parábola pone de relieve que Dios escucha siempre la súplica humana. Así como el amigo no falla al otro que le pide e insiste, del mismo modo Dios terminará dándonos cuanto le pedimos.
[60] Lc 18,8.
[61] El evangelista comienza anunciando el sentido de la parábola: rogar incesantemente a Dios sin desalentarse, en medio de las injusticias del mundo. Dios, que no es un juez injusto, estará siempre atento al grito de los débiles. El hará justicia sin tardar.
[62] La experiencia de la ruina de Jerusalén debe servir de aviso para estar vigilantes ante la venida imprevisible del “Hijo del Hombre”, de modo que nos encuentre dignos. De ahí la exhortación final a velar, llevando una vida sobria (v. 34) y de oración (v. 36) que nos permita estar de pie ante el Señor (Cf. 21,28).
[63] Lc 21,34-36.
[64] Lc 11,9-13.
[65] Mt 7,11.
[66] Hch 2,38. Con la imagen del padre (vv. 11-13), asegura la donación más grande para el cristiano, que es el Espíritu Santo: “Por la comunión con él, el Espíritu Santo nos hace espirituales, nos restablece en el Paraíso, nos lleva al Reino de los Cielos y a la adopción filial, nos da la confianza de llamar a Dios Padre y de participar en la gracia de Cristo, de ser llamado hijo de la luz y de tener parte en la gloria eterna” (S. Basilio, De Spiritu Sancto 15,36; Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, nº 736).
[67] Para los hombres, María es “una virgen desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David” (V. 27); en cambio, para Dios, es la “llena de gracia” (V. 28), la criatura más singular que hasta ahora ha venido al mundo; y, sin embargo, Ella se tiene a sí misma como la “esclava del Señor” (v. 38). Y esto es así, porque Dios desde toda la eternidad, la eligió y la señaló como Madre para que su Unigénito Hijo tomase carne y naciese de ella en la plenitud dichosa de los tiempos; y en tal grado la amó por encima de todas las criaturas, que sólo en ella se complació con señaladísima complacencia” (Pío IX, Ineffabilis Deus).
[68] Cf. Rut 2,4.
[69] Jn 6,12.
[70] Cf. Jdt 13,18.
[71] El Magníficat, es el cántico que evoca algunos pasajes del Antiguo Testamento (Cf. 1 S 2,1-10), es, sobre todo, una oración y un modelo de oración. “En estas sublimes palabras (…) se vislumbra la experiencia personal de María, el éxtasis de su corazón. Resplandece en ellas un rayo del misterio de Dios, la gloria de su inefable santidad, el eterno amor que, como un don irrevocable, entra en la historia del hombre”. (Juan Pablo II, Redemptoris Mater,  nº 36).
[72] 1 S 2, 1-10.
[73] La intervención de Dios en los acontecimientos suscita la pregunta de las gentes acerca de la misión que Dios ha destinado a Juan. Zacarías, conocedor de la misión de su hijo como precursor del Mesías de Dios (Lc 1,14-17), entona un canto de alabanza a Dios -el Benedictus-, en el que reconoce la acción salvadora de dios con Israel (vv. 68-75), que culmina en la venida del mismo Señor (vv. 76-79). Estas dos atribuciones de Dios -Señor (v. 76) y Salvador (Cf. vv. 71.77)-son las mismas que el ángel asignará a Jesús en su anuncio a los pastores (Lc 2,11). El pasaje habla, pues, de Juan, y habla de Jesucristo: “Juan viene a ser como la línea divisoria entre los dos Testamentos, el Antiguo y el Nuevo. (…). Es como la personificación de lo antiguo y el anuncio de lo nuevo”. (S. Agustín, Sermones 293,2-3).
[74] Las palabras de los ángeles indican también que la llegada del Salvador al mundo trae consigo los dones más excelentes: el reconocimiento de la gloria de Dios y la paz para los hombres (V. 14). De ahí el sentido profundo de la adoración de los pastores: la salvación que Cristo traía estaba destinada a hombres de toda raza y situación, y por eso eligió manifestarse a personas de distinta condición. “Los pastores eran israelitas; los magos, gentiles; aquéllos vinieron de cerca; éstos, de lejos, pero unos y otros coincidieron en la piedra angular” (S. Agustín, Sermones 202,1).
[75] Simeón aparece como un hombre conducido por el Espíritu Santo (VV. 25.26.27) y, por eso, sus palabras son especialmente reveladoras (vv. 29-32); Jesús es reconocido como el Mesías esperado, “gloria de Israel”, pero también “luz y salvación” para todos los hombres. Sin embargo, en el plan de Dios será “ruina y resurrección de Israel”, y su misión salvadora, “signo de contradicción” en el que algunos tropezarán.
[76] Is 40,5.
[77] Lc 2,49.

1 comentario:

  1. Anónimo12/7/14 4:18

    Muy sencillo e instructivo este tema. Excelente ayuda. Gracias! Juan Carlos.

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