miércoles, 24 de diciembre de 2014

LA PALABRA ERA DIOS

     
Nos ha nacido un Niño un Hijo se nos dio,
la tierra se ilumina de un nuevo resplandor.

         En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. En el evangelio de la misa de esta noche, san Lucas se entretenía en describir los particulares que rodearon el natividad del Hijo de María, pero en la misa del día, el evangelista Juan invita a contemplar la realidad de la grandeza del Dios de los padres, ante el cual los patriarcas y profetas se inclinaban llenos de temor, para decirnos que este Dios, en su amor por los hombres pronunció una Palabra, una Palabra que es vida y que la comunica con generosidad, que es luz que brilla en las tinieblas, que ha llamado a la existencia el universo entero, que ha escogido a los hombres para fijar entre ellos su residencia. Y esta Palabra, dice Juan, se hizo carne y acampó, o si se quiere, más textualmente, plantó su tienda entre nosotros. Este es el mensaje gozoso que la Navidad nos comunica: La Palabra de Dios, por la cual todo existe, todo es vida y luz, ha querido hacerse pequeña de alguna manera, adquirir la dimensión humana y convivir con los hombres como un hombre más.
Este es el mensaje gozoso, la buena nueva, el pregón de victoria de que habla el profeta en la primera lectura y que supone el resurgir de la ciudad santa de Jerusalén que por el pecado había sido arruinada. Pero este renacer reclama colaboración. En evangelio de la noche recordaba a los pastores que, después de oir el mensaje angélico, se pusieron en camino hasta postrarse ante el niño recien nacido. Juan, en cambio, habla de la dramática historia del encuentro entre la Palabra que viene al encuentro de los hombres y la actitud de éstos. La Palabra era luz que brilla en las tinieblas, pero las tinieblas no la recibieron. La Palabra era vida, el mismo mundo fue hecho por la Palabra, pero el mundo no la conoció. Vino a su casa y los suyos no la recibieron.

Pero no podemos dejarnos desanimar por esta constatación. No todos han adoptado esta actitud negativa. A cuantos la recibieron les ha dado el poder ser hijos de Dios en la medida en que creen. He aquí el mensaje que acompaña al anuncio de la venida de la Palabra: Hay que creer, hay que abrirse, para que la Palabra pueda desplegar en nosotros toda su potencia y llevar a cabo su obra de salvación. Hoy la liturgia nos recuerda el hecho de la creación del hombre, a imagen y semejanza de Dios, pero esta obra magnífica, expresión del amor de Dios por los hombres, se vió alterada por el pecado del hombre. Pero Dios no ceja: y  Dios ha restablecido la dignidad del hombre por Jesús al hacerlo hijo de Dios y heredero del cielo.

El hecho de que el Hijo de Dios se haya hecho hombre nos ayuda a comprender otro aspecto importante: el valor que el hombre tiene para Dios. El hombre, cualquier hombre, entra en los planes de salvación de Dios. No en vano Jesús dirá con tono solemne: lo que hacéis a uno de estos pequeños, me lo hacéis a mi. Precisamente por eso, no podemos reducir la celebración de la Navidad a dar una mirada retrospectiva de la historia de salvación y a cantar el amor de Dios para con los hombres que, en un momento preciso lo ha llevado a nacer de María. Una auténtica celebración de la Navidad lleva consigo el plantearse cómo recibimos a Jesús. Ciertamente no se trata de saber como se recibiría a Jesús si se presentase a nosotros tal como lo conocieron sus contemporáneos. Hemos de esforzarnos a recibir a Jesús en todos y cada uno de los hermanos que tenemos a nuestro lado. Que el Dios hecho hombre nos ayude a descubrir el valor de todos y cada uno de nuestros hermanos, por quienes Jesús se entregó hasta el final. 



sábado, 20 de diciembre de 2014

DOMINGO IV DE ADVIENTO


         “Se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre”. Cada vez que confesamos nuestra fe recitando el Credo, afirmamos  que Dios quiso hacerse hombre, participando de nuestra existencia, para ayudarnos a dar sentido a la vida que pasa y asegurarnos que, incluso después de la muerte, la vida no termina. Por esta razón, en la medida en que creemos, preocupa constatar que muchos están aprendiendo a prescindir de Dios. Y al decir que pasan de Dios quiere decir que lo ven todo y lo organizan todo de tejas para abajo, sin ninguna referencia a un nivel espiritual. Esta realidad debería conducirnos a ser más concientes de nuestra fe, para traducir en nuestra vida la fe que proclamamos de que Dios se hizo hombre, como recuerdan las lecturas que la liturgia  propone en este domingo.

La primera lectura recordaba la historia del rey David. Este monarca, después de haber vencido a sus enemigos, reunificado a su pueblo y establecido su capital en la ciudad de Jerusalén, deseó construir un templo para el Señor, su Dios. Construir sólidos edificios a la divinidad, era para los monarcas de aquel tiempo, un modo de asegurar la ayuda del cielo para fortalecer su poderío y tener, de alguna manera, a Dios a su alcance. Pero el Dios de Israel, que es nuestro Dios, no tiene necesidad de templos materiales, porque está presente en todo lugar, en el cielo y en la tierra. Dios no puede aceptar iniciativas humanas que tiendan a dominarlo. Las palabras del profeta Natán a David contienen un mensaje válido también para nosotros. No interesa  construir estructuras o ideologías, sean religiosas o socio-políticas, sino trabajar para construi una casa, una familia, un pueblo de hombres  y mujeres libres que vivan en la justicia, en el derecho y en la paz. Para realizar este proyecto, Dios promete a David una dinastía perpetua.

La historia, al hundirse el estado fundado por David, se encargó de demostrar que aquella promesa no se refería a una descendencia carnal. La reflexión del pueblo de Israel, primero, y de los cristianos, después, llevó a ver en esta promesa el anuncio del Mesías, del Hijo de Dios hecho hombre, Jesus de Nazaret, a quien confesamos Señor y Rey, que el apóstol Pablo, en la segunda lectura ha definido revelación del misterio mantenido secreto durante siglos eternos y manifestado ahora para traer a todas las naciones a la obediencia de la fe.

Pero Dios, en su obra salvadora, cuenta siempre y en todo lugar con la humanidad para que colabore libremente a su vocación. El evangelio que leemos hoy, al recordar el anuncio del ángel a María, ha recordado el momento en que Dios pedía a la humanidad, representada de alguna manera por la doncella de Nazaret, su consentimiento a la obra de salvación. El amor, la plenitud y la fidelidad de Dios se encuentran con el amor, la humildad y la disponibilidad de María, haciendo posible la realidad de la salvación, que, a decir verdad, aún no ha mostrado toda su dimensión. María, con la concepción del Verbo hecho carne, llega a ser casa de Dios. María es imagen de la Iglesia, formada por todos los creyentes, verdadera casa de Dios, en espera de la casa definitiva, que será la Jerusalén del cielo, en la que todos los salvados vivirán en comunión definitiva con el mismo Dios. Pero es necesario que también nosotros, como María, sepamos responder con un si generoso, hecho no sólo de palabras sino sobre todo de acción, de obra, día tras día.

Abrámonos a la solicitud de Dios, acojamos con la misma generosidad de María al Señor que viene, de tal manera que la celebración de la Navidad, a la luz de la revelación cristiana, nos haga sentirnos de verdad casa de Dios, familia de Dios, que nos haga sensibles al valor de la dignidad de todos y cada uno de los humanos, que son en definitiva nuestros hermanos. Que la realidad del misterio de la Navidad nos haga más sensibles, y nos permita romper las murallas que nos encierran en el egoísmo y nos impiden ver y amar en el hermano a aquellos a quien Dios ama, y por los cuales ha querido ser el Emmanuel, el Dios con nosotros.

Jorge Gibert Tarruell
Monje cisterciense

sábado, 6 de diciembre de 2014

FIESTA DE LA INMACULADA

Oh Dios, que por la
 Concepción Inmaculada 
de la Virgen María 
preparaste a tu Hijo 
una digna morada, 
y en previsión de la muerte
 de tu Hijo la preservaste 
de todo pecado, concédenos, 
por su intercesión, 
llegar a ti limpios de todas
 nuestras culpas.


          Dijo Dios a la serpiente: Establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya; ella te herirá en la cabeza. El relato del Génesis que se lee hoy evoca la situación del hombre que, al desobedecer a Dios, quedó  sometido al combate constante entre el bien y el mal. Sin embargo la tradición cristiana ha sabido descubrir en esta página sombría un signo de esperanza en el sentido de que la victoria final será para el género humano. En efecto, la estirpe de la mujer vencerá al maligno, cuando Dios, hecho hombre en el seno de María, se convertirá en salvación para toda la humanidad. El nombre de "madre de todos los hombres" con el que Adán saluda a Eva, encontrará su total realización en María, cuya maternidad será extendida, al pie de la cruz y por voluntad de Jesús crucificado, a todos los hijos de Dios.

         El designio de salvación dispuesto por Dios ha sido recordado por San Pablo en la segunda lectura, al afirmar que Él ha bendecido en Jesús a toda la humanidad para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor, para alabanza de su gloria. Este magnífico plan preparado por Dios tuvo su inicio en la persona de María, elegida y predestinada por Dios para ser la Madre de su Hijo en el momento de la Encarnación. El privilegio de la Concepción Inmaculada de María no aleja a la humilde Virgen de Nazaret del resto del pueblo de Dios, sino que hace de ella la primera criatura que recibe el don gratuito de la bendición divina en toda su plenitud, obtenida por el sacrificio de Jesús para todo el género humano.

         La lectura del Evangelio recuerda el anuncio del Ángel a María. Es uno de los textos bíblicos que más ha servido a la reflexión cristiana para profundizar el misterio de María, y en particular, su Concepción Inmaculada. San Lucas, al narrar el anuncio del Ángel a María, con sus palabras escogidas con precisión, evoca un contexto de referencias bíblicas que abren horizontes vastísimos, y colocan el "fiat", el sí de la Virgen en el centro de la historia de la salvación. «Alégrate, llena de gracia, -dice el Ángel -, el Señor está contigo, bendita tú entre las mujeres... No temas, has encontrado gracia ante Dios».

         Las palabras del Ángel, colocadas en el contexto de toda la Escritura bíblico,  hacen comprender que los anuncios proféticos relativos al pueblo escogido, no han de aplicarse a un pueblo concreto en la historia sino al resto fiel del pueblo, sobre el cual Dios ha mantenido su misericordia, y entre este resto fiel han de entenderse sobre todo como relativas a la humilde Virgen María, que aceptó acoger al Dios que, en su amor, viene a salvar a todos los hombres que estén dispuestos a acogerle con la misma generosidad de María. Sobre María descansa el Espíritu del Altísimo, aquel mismo Espíritu que al comienzo planeaba sobre las aguas para dar vida al universo, y que en el éxodo guió a Israel hacia la tierra prometida.

         En el corazón del Adviento, el tiempo litúrgico que invita a esperar la manifestación gloriosa del Señor, que, según las antiguas promesas, viene a salvar a todos los hombres, la contemplación del misterio de María en su Concepción Inmaculada, ofrece un ejemplo de esta salvación, que ha manifestado toda su magnificencia. En efecto, María es la primera criatura que ha sido redimida en plenitud, que ha participado totalmente en el misterio salvador de Jesús. María es pues el vértice santo del pueblo de Dios llamado a la santidad. Como cantaremos en el Prefacio, ella es «Comienzo e imagen de la Iglesia», a la cual pertenecemos también nosotros. Ella, con su "fiat" indica el camino a seguir, nos enseña a abrirnos generosamente a la acción salvadora de Dios, para que un día, con Ella, podamos participar plenamente en el Reino que su Hijo nos ha preparado.






sábado, 29 de noviembre de 2014

Domingo I de Adviento


         “Vuélvete, por amor a tus siervos y a las tribus de tu heredad. ¡Ojalá rasgases el cielo y bajases, derritiendo los montes con tu presencia”. El fragmento del libro de Isaías que escuchamos hoy evocaba el lamento de un profeta que expresaba su angustia por el futuro de su pueblo, porque, a causa de sus pecados, había sufrido la derrota y el destierro. En esta situación de agobio y sufrimiento, estalla un grito de esperanza y no duda en decirle a Dios, para que le escuchen también sus oyentes: “Jamás oído oyó ni ojo vió un Dios fuera de ti, que hiciera tanto por el que espera en él”. Y Dios escuchó este grito y otros gritos de otros tantos personajes de la historia de la salvación que clamaron para que obtener la salvación de los hombres. Que este deseo no quedó desoído lo prueba la primera venida del Hijo de Dios que, dentro de cuatro semanas, recordaremos al celebrar la Navidad. El nacimiento en  carne humana de la Palabra divina era el cumplimiento de las repetidas promesas de Dios hechas a lo largo del Antiguo Testamento.

         Y cuando llegaba a su término la presencia del Hijo de Dios entre los hombres, un día, como recordaba hoy la lectura del evangelio, Jesús empezó a decir: “Vigilad! Velad! pues no sabéis cuándo es el momento”. Y a continuación expuso la parábola del hombre que sale de viaje, después de recomendar a sus criados y al portero que estén preparados para recibirle cuando llegue, sin precisar cuando tendrá lugar el momento del regreso, del encuentro. Vigilar significa atender cuidadosamente algo o alguien. Velar supone estar despierto cuando se debería dormir, continuar trabajando más allá del tiempo normal, asistir de noche a un enfermo o hacer de centinela o guardia para no ser atacado inesperadamente. Todos estos sentidos encajan perfectamente con la recomendación de Jesús, que nos invita a estar atentos para cuando tenga lugar su segunda venida.

         Todo ser humano espera algo en su vida. Pero conviene preguntarnos cuál es realmente el objeto de nuestra esperanza. Normalmente, desde que tenemos consciencia de que vivimos, esperamos alcanzar la plenitud de la vida con todo lo que esa supone. En nuestro esperar solamente se interpone con carácter negativo la realidad inevitable de la muerte. Por esto decimos: mientras hay vida hay esperanza. Pero la recomendación de Jesús no se refiere a las múltiples esperanzas que pueden surgir en el corazón humano. Él apunta a una esperanza concreta, la de su segunda venida, al final de los tiempos, tal como Jesús en persona anunció a sus discípulos y la Iglesia no cesa de repetir, como decimos en el Credo: De nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin.

Sin una visión de fe, un anuncio semejante corre el peligro de quedar relegado en el olvido. Pero un cristianismo sin esperanza en la segunda venida de Jesús difícilmente mantendrá la unidad y cohesión entre los distintos aspectos del misterio del Hijo de Dios hecho hombre. Su vida, su enseñanza, el misterio pascual de su muerte y resurrección, la iglesia que congrega a sus discípulos, los sacramentos que nos permiten participar en su victoria, corren el peligro de ser simplemente un cúmulo de doctrinas, ritos y modos de vivir desarticulados si falta esta espera confiada de la segunda y definitiva venida de Jesús. El tiempo del Adviento que comenzamos nos llama a reavivar en nosotros la esperanza en Jesús que viene, para mantenernos alerta de modo que no nos coja de sorpresa cuando vuelva.


         Hoy, san Pablo, en la segunda lectura, escribiendo su primera carta a los Corintios, los felicita por el hecho de vivir abiertos a la esperanza de la última manifestación del Señor Jesucristo. Él, que les ha enriquecido en todo: en el hablar y en el saber, los mantendrá firmes hasta el final para participar plenamente en la vida de su Hijo. Y terminaba diciendo que Dios es fiel a lo que anuncia, a todo lo que promete. Jesús ha prometido que volverá. Nosotros hemos de prepararnos para recibirle teniendo presentes las palabras del profeta: Tú, oh Señor, sales al encuentro del que practica la justicia y se acuerda de tus caminos.

sábado, 22 de noviembre de 2014

FIESTA DE CRISTO REY




         Cuando venga en su gloria el Hijo del Hombre, se sentará en el trono de su gloria y serán reunidas ante él todas las naciones”. La Iglesia, al celebrar en este domingo a Jesús como rey del universo, lo evoca bajo el doble aspecto de pastor que agrupa su rebaño, separando ovejas y cabritos, y de juez soberano que se dispone a dictar sentencia sobre todos los pueblos. Aunque la tradición cristiana ha entendido esta página sobre todo desde la perspectiva del juicio del final de la historia, sobre todo es importante prestar atención al contenido de su mensaje concreto por su valor siempre actual, de gran importancia para quienes nos llamamos cristianos.

         En efecto, el Hijo del Hombre, en el momento en que se dispone a juzgar a las naciones, muestra una sola y única preocupación que no es otra que el comportamiento de cada persona con relación a su prójimo. Mateo detalla lo que interesa al Juez con situaciones concretas: “Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme”. Ciertamente, la lista podría alargarse hasta el infinito, pero recubre puntos significativos de la vida de los hombres de todos los tiempos y lugares, y permite entender la actitud fundamental que Jesús espera, no solamente de los suyos, de los creyentes, sino de todos los hombres. Cumplir estos requisitos supone tener abierta la puerta para entrar en el Reino que Dios prepara para todos, mientras que pasar indiferentes ante la necesidad de los hermanos, supone verse excluido de todo lo que entraña el anuncio y la promesa del Reino.

         Pero impresiona realmente constatar que, en el juicio, no se tienen en cuenta actitudes relacionadas con lo que podríamos llamar “religión”. Jesús no pregunta cuantas veces que hemos escuchado su palabra, cuantas veces hemos frecuentado los lugares de culto para celebrar la liturgia, cuantas veces hemos profesado sin miedo nuestra fe, incluso ante peligro de muerte. Los requisitos que Jesús espera de la humanidad no son simplemente una lista de buenas obras que deben ser llevadas a cabo, sino que reclama estos gestos como algo que se ha hecho a él mismo, los personaliza hasta el extremo: “Tuve hambre, tuve sed”. Por esto es comprensible el estupor tanto los que los cumplieron como los que no lo hicieron: “¿Cuando te vimos necesitado y te asistimos o no te asistimos?”. Y la respuesta de Jesús es para hacer temblar al más seguro: “Os aseguro que cada vez que lo hicisteis o no lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis”. ¿Quien de nosotros, alguna que otra vez, para ser buenos y no decir casi siempre, hemos tenido en poca consideración a los hermanos que nos rodean, que se cruzan en nuestra vida, no solo a nuestros familiares, amigos, conocidos, compaisanos, si no a todos, y empezando por los más humildes, es decir los que menos títulos tienen para merecer nuestra atención y nuestro afecto? 

         “Cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis”. Lo que Jesús pregunta, lo que le interesa es cómo nos hemos portado con nuestros hermanos, sobre todo con los más humildes, los más necesitados. O si damos la vuelta a las palabras de Jesús, cuantas veces hemos sabido ver y servirle en la persona de los demás. Reto impresionante que se nos propone. De nada servirán todas las magnificencias del cristianismo si no sabemos ponernos al servicio de los hermanos como Jesús hizo y nos enseñó. Ciertamente, el tema se prestaría para ridiculizar el mundo entero, la Iglesia, todo y todos. Comprendamos que, en el evangelio de hoy, Jesús  invita a entrar en el camino de una mística sencilla, al alcance todos, pero no por eso menos sublime, menos profunda. Entremos en el santuario de nuestro corazón y propongámonos con sencillez y generosidad, trabajar para saber ver y servir a Jesús en todos y cada uno de los hermanos y hermanas que aparezcan junto a nosotros en nuestro caminar hacia Dios. “Lo que hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis”.
Jorge Gibert Tarruell
Monje cisterciense

sábado, 15 de noviembre de 2014

DOMINGO XXXIII DEL T. ORDINARIO



        «Madre y cabeza de todas las iglesias de la Urbe (es decir, de Roma) y del orbe». Así se lee en una inscripción de la fachada de la Basílica del Santísimo Salvador de Roma, más conocida como Basílica de San Juan de Letrán, que, desde el siglo IV está considerada como la catedral de Roma, la sede de su obispo, el Papa, y que fue su residencia hasta muy avanzada la edad media. Hoy, al recordar su solemne dedicación, de alguna manera es para toda la Iglesia universal símbolo de la comunión de todas las comunidades o iglesias locales, repartidas por todo el mundo, con la sede romana, cátedra de los sucesores de Pedro.
         “No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre”. Con estas palabras Jesús realizó un gesto profético que Jesús en el centro del culto del pueblo escogido. El templo de Jerusalén, erigido por Salomón, era la continuación de la tienda que acompañó al pueblo en su peregrinar por el desierto, tienda que era sobre todo signo de la presencia salvadora de Dios entre los suyos, y además lugar del encuentro entre Dios y su pueblo. El primer templo fue destruido cuando la ciudad cayó en manos de los caldeos; bajo los persas, el pueblo, animado por los profetas, se preocupó en reconstruir de nuevo el templo. A este segundo templo le cupo la gloria de acoger al Mesías, a Jesús de Nazaret, el cual allí oró al Padre, participó en su culto e impartió sus enseñanzas a los judíos. 

         Pero San Juan recuerda en su evangelio que Jesús, un buen día decidió expulsar a los que faenaban en los atrios del edificio sagrado, a los vendedores de animales destinados al sacrificio y a los cambistas que facilitaban moneda para el tributo del templo. Con ello Jesús proclama que el templo es la casa del Padre y que merece un profundo respeto. Pero al mismo tiempo que reivindica el valor sagrado del templo, anuncia que está para terminar su función, pues están llegando tiempos nuevos. Al ser preguntado por qué había actuado de este modo y con qué autoridad intervenía en el ámbito del santuario, Jesús afirma: “Destruid este templo y lo reconstruiré en tres días”. Y el evangelista afirma que él hablaba del templo de su cuerpo, aunque los discípulos sólo entendieron el sentido de sus palabras después de la resurrección. Con su gesto y sus palabras, Jesús declara que el antiguo templo deja de tener significación, pues de ahora en adelante es en el Hijo hecho hombre que Dios se hace presente en medio de la humanidad y, en consecuencia, el lugar de encuentro del hombre con Dios igualmente será Jesús mismo, constituido Señor y Cristo, en quien está la plenitud de la divinidad. 

         La primera lectura evoca una profecía de Ezequiel que anuncia la próxima restauración del templo de Jerusalén, precisamente cuando el pueblo se hallaba aún en el destierro y el templo estaba arruinado.  Del lado derecho del nuevo templo manará una corriente de agua capaz de dar vida, saneando tierras y aguas, haciendo crecer y fructificar toda clase de árboles y plantas. Este templo renovado de cuyo costado brota la vida es una alusión a aquel que se manifestará como el verdadero templo, Jesús, en quien se cumplió realmente la profecía de Ezequiel. Jesús es el templo indestructible, en él reside la gloria del Dios que, a lo largo de la historia, ha manifestado su deseo de salvar a los hombres, en él los hombres podemos realmente encontrarnos con Dios. Del costado de Jesús, clavado en la cruz, manan agua y sangre, signo de los sacramentos del bautismo y de la eucaristía con los que se forma la Iglesia. 

         Jesucristo, el único y verdadero templo de Dios, ha querido que los hombres, por la fe expresada en los sacramentos, formasen parte de su cuerpo místico. Por esta razón de alguna manera participamos en su condición de templo de Dios. San Pablo, en la segunda lectura recuerda que somos edificio y templo de Dios, cimentados sobre la piedra angular que es Jesús, y que formamos parte del templo espiritual en el que se ofrecen sacrificios espirituales, que Dios acepta por su Hijo Jesús. A nosotros toca vivir cada día de modo que esta realidad se manifieste abiertamente  y cuanto hagamos de palabra o de obra, sea un acto de culto, unido a Jesús y agradable a Dios.

Jorge Gibert Tarruell
Monje cisterciense
 
 

sábado, 8 de noviembre de 2014

Dedicación de la basílica de San Juan de Letran



          

          «Madre y cabeza de todas las iglesias de la Urbe (es decir, de Roma) y del orbe». Así se lee en una inscripción de la fachada de la Basílica del Santísimo Salvador de Roma, más conocida como Basílica de San Juan de Letrán, que, desde el siglo IV está considerada como la catedral de Roma, la sede de su obispo, el Papa, y que fue su residencia hasta muy avanzada la edad media. Hoy, al recordar su solemne dedicación, de alguna manera es para toda la Iglesia universal símbolo de la comunión de todas las comunidades o iglesias locales, repartidas por todo el mundo, con la sede romana, cátedra de los sucesores de Pedro.


         “No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre”. Con estas palabras Jesús realizó un gesto profético que Jesús en el centro del culto del pueblo escogido. El templo de Jerusalén, erigido por Salomón, era la continuación de la tienda que acompañó al pueblo en su peregrinar por el desierto, tienda que era sobre todo signo de la presencia salvadora de Dios entre los suyos, y además lugar del encuentro entre Dios y su pueblo. El primer templo fue destruido cuando la ciudad cayó en manos de los caldeos; bajo los persas, el pueblo, animado por los profetas, se preocupó en reconstruir de nuevo el templo. A este segundo templo le cupo la gloria de acoger al Mesías, a Jesús de Nazaret, el cual allí oró al Padre, participó en su culto e impartió sus enseñanzas a los judíos.

         Pero San Juan recuerda en su evangelio que Jesús, un buen día decidió expulsar a los que faenaban en los atrios del edificio sagrado, a los vendedores de animales destinados al sacrificio y a los cambistas que facilitaban moneda para el tributo del templo. Con ello Jesús proclama que el templo es la casa del Padre y que merece un profundo respeto. Pero al mismo tiempo que reivindica el valor sagrado del templo, anuncia que está para terminar su función, pues están llegando tiempos nuevos. Al ser preguntado por qué había actuado de este modo y con qué autoridad intervenía en el ámbito del santuario, Jesús afirma: “Destruid este templo y lo reconstruiré en tres días”. Y el evangelista afirma que él hablaba del templo de su cuerpo, aunque los discípulos sólo entendieron el sentido de sus palabras después de la resurrección. Con su gesto y sus palabras, Jesús declara que el antiguo templo deja de tener significación, pues de ahora en adelante es en el Hijo hecho hombre que Dios se hace presente en medio de la humanidad y, en consecuencia, el lugar de encuentro del hombre con Dios igualmente será Jesús mismo, constituido Señor y Cristo, en quien está la plenitud de la divinidad.  

              La primera lectura evoca una profecía de Ezequiel que anuncia la próxima restauración del templo de Jerusalén, precisamente cuando el pueblo se hallaba aún en el destierro y el templo estaba arruinado.  Del lado derecho del nuevo templo manará una corriente de agua capaz de dar vida, saneando tierras y aguas, haciendo crecer y fructificar toda clase de árboles y plantas. Este templo renovado de cuyo costado brota la vida es una alusión a aquel que se manifestará como el verdadero templo, Jesús, en quien se cumplió realmente la profecía de Ezequiel. Jesús es el templo indestructible, en él reside la gloria del Dios que, a lo largo de la historia, ha manifestado su deseo de salvar a los hombres, en él los hombres podemos realmente encontrarnos con Dios. Del costado de Jesús, clavado en la cruz, manan agua y sangre, signo de los sacramentos del bautismo y de la eucaristía con los que se forma la Iglesia.

         Jesucristo, el único y verdadero templo de Dios, ha querido que los hombres, por la fe expresada en los sacramentos, formasen parte de su cuerpo místico. Por esta razón de alguna manera participamos en su condición de templo de Dios. San Pablo, en la segunda lectura recuerda que somos edificio y templo de Dios, cimentados sobre la piedra angular que es Jesús, y que formamos parte del templo espiritual en el que se ofrecen sacrificios espirituales, que Dios acepta por su Hijo Jesús. A nosotros toca vivir cada día de modo que esta realidad se manifieste abiertamente  y cuanto hagamos de palabra o de obra, sea un acto de culto, unido a Jesús y agradable a Dios.

Jorge Gibert Tarruell
Monje cisterciense

viernes, 31 de octubre de 2014

FIESTA DE TODOS LOS SANTOS


“Hoy nos concedes celebrar la gloria de tu ciudad santa, la Jerusalén celeste, que es nuestra madre, donde eternamente te alaba la asamblea festiva de todos los santos”. Con estas palabras inicia en este día la plegaria eucarística, para recordarnos a todas aquellas personas que, después de haber superado las dificultades de la vida presente, participan ya en la gloriosa liturgia del Reino, glorificando y dando gracias a Dios. Los que formamos la comunidad itinerante de los creyentes nos esforzamos con esperanza a caminar hacia esta realidad, que, en verdad, solamente una fe firme puede ayudarnos a esperar. Sin duda sirve de ayuda y consuelo saber que algunos de los nuestros ya han terminado con éxito su camino y gozan de la paz definitiva y que podemos contar con ellos como amigos y modelos.

         La liturgia de este día nos propone el tema de la reunión de los justos en la montaña en la cual Dios ha establecido el lugar santo de su presencia. El texto que se utiliza hoy como salmo responsorial, el salmo 23, desarrolla este tema en un contexto procesional, probablemente en relación con el Arca del Señor que se conservaba en el templo de Jerusalén. La primera estrofa del salmo es un breve himno que canta el dominio cósmico de Dios, autor y conservador de todo. El universo entero así como todos los que lo habitan, son obra de Dios, el cual ha querido establecer su morada en la montaña que se alza en medio de Israel, y hacia la cual los hijos de Jacob se dirigen para rendirle culto. Pero este lugar santo permanece abierto no sólo para los hijos de Israel, sino también para todos los hombres.

Para subir a esta montaña sin embargo es necesario observar determinadas condiciones: tener las manos inocentes y el corazón puro. En otras palabras, para participar en el culto, temporal o definitivo, de Dios, es necesario que la vida de cada día esté inspirada por los mandamientos que el mismo Dios indicó en el momento de establecer su Alianza con los hombres. A quien se comporta de este modo le corresponde tener parte en la bendición divina, convirtiéndose en la generación que busca al Señor, es decir que desea encontrarse ante su presencia en su santuario, para participar en el culto que allí se celebra. Lo que era una realidad para los peregrinas de Israel que se acercaban al templo de Sion, lo es para todos los que desean participar de la intimidad de Dios en la morada definitiva de la nueva Jerusalén.

         En la primera lectura, san Juan contaba una visión que tuvo: los elegidos, tanto los que vienen del pueblo de Israel y que habían sido marcados, como las muchedumbres que vienen de toda nación, raza, pueblo y lengua, con vestidos de fiesta, cantan las alabanzas de Dios salvador que les ha hecho superar el pecado y la muerte, para gozar de la vida eterna. El simbolismo de estas imágenes, ricas de contenido, ofrecen dos aspectos que conviene subrayar: la reunión de todos los hombres en una única comunidad festiva, que proclama, alabando y dando gracias por la realidad de la propia salvación, y la parte que corresponde a Dios que ha querido y hecho posible este encuentro de salvación.

         Esta comunión de los elegidos con Dios, que se manifestará plenamente al fin de los tiempos, tiene como fundamento el hecho que el amor de Dios nos ha concedido poder ser sus hijos. Esta realidad aún no se ha manifestado plenamente, dado que la experiencia cotidiana enseña cómo queda escondida en la ambiguedad y las contradicciones del vivir humano. En la medida en que el cristiano vive en la esperanza de la manifestación final, el tiempo presente es una invitación a purificar nuestra relación con Dios, es decir hemos de actuar las condiciones puestas por Dios para que el Reino pueda ser un hecho, no solamente personalmente sino también comunitariamente.


         El empeño activo y concreto que la esperanza cristiana propone a los creyentes en vista del encuentro final con Dios encuentra una formulación concreta en las bienaventuranzas que el evangelio propone. El quehacer que se espera de los creyentes es precedido del anuncio de la felicidad que Dios mismo ha destinado para sus hijos. La palabra de Jesús no invita a una evasión espiritual sino a vivir, en la lógica del misterio pascual, los conflictos y las miserias de la vida cotidiana. 

sábado, 25 de octubre de 2014

Domingo XXX del Tiempo Ordinario


“Los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, se le acercaron y uno de ellos le preguntó para ponerlo a prueba: Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?” Un doctor de la ley, especializado en el estudio y la observancia de la legislación religiosa de Israel, plantea a Jesús una pregunta, al parecer inocente, acerca de cuál es el mayor mandamiento de la ley de Dios.  Para entender el sentido de la prueba que los fariseos plantean a Jesús, conviene tener presente que la Escritura, fundamento de la Alianza entre Dios y el pueblo de Israel, establecía determinadas  normas, que la tradición posterior fue aumentando, con cuya observancia Israel expresaba su alianza con el Dios que lo había escogido. Pero la multiplicidad de mandamientos dio pie al deseo de encontrar un principio general que conglobase el resto.

            Interrogado acerca de cual es el mayor mandamiento de la ley, Jesús responde citando un texto del libro del Deuteronomio, que forma parte del Shema, la profesión de fe que todo israelita debía repetir dos veces al día, y que resume el contenido esencial de toda la revelación insistiendo en el amor total hacia Dios, que ha de empeñar toda la persona durante toda su vida. Pero Jesús añade inmediatamente un segundo mandamiento que dice semejante al primero, citando esta vez un pasaje del libro del Levítico: “Amarás al prójimo como a ti mismo”.

            Amar a Dios y amar al prójimo no son una novedad cristiana, pues la ley de Israel los ha conocido siempre. La primera lectura ha recordado una serie de preceptos del Antiguo Testamento, que recomiendan un respeto para los demás hombres, y en especial por los marginados y oprimidos, representados por el pobre, el huérfano, la viuda, el forastero. La novedad está en el hecho de decir que estos dos mandamientos son semejantes, que tienen el mismo valor. Con esto Jesús quiere decir que amar al hermano es tan urgente y necesario como amar a Dios.

            Jesús enseña que nuestro Dios no es un Dios egoista, que sólo piensa y exige ser amado, olvidándose del resto. Nuestro Dios pone junto a la exigencia del amor debido a él, el amor debido al prójimo. El servicio que hemos de prestar a Dios, lleva consigo obligaciones que se refieren a los hermanos. La razón de esta afirmación es que todos los hermanos  han sido objeto del amor de Dios de tal manera que no ha dudado en dar su propio Hijo por ellos. No puede existir un servicio a Dios que olvide el servicio al hombre. Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera, dice Jesús. El que busca de verdad el bien del prójimo puede estar seguro de vivir correctamente su relación con Dios.

            La voluntad de Dios se nos manifiesta constantemente como un desafío que pide nuevas respuestas según las exigencias de nuestros hermanos. La historia de los hombres, que es la historia de la salvación, se escribe cada día. A veces se escriben páginas en las que destaca el egoísmo, la ambición, el sórdido interés, la falta de respeto del otro, la conculcación de la justicia y del derecho, la cobardía de los hombres, e incluso de los cristianos. Nosotros que hemos creído en el amor de Dios hemos de comportarnos de otra manera: hemos de vivir el amor a Dios amando y sirviendo a nuestros hermanos, sin distinción alguna.

            San Pablo, en la segunda lectura, recordaba como los cristianos de Tesalónica, abandonando los ídolos, se volvieron a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero. Hemos de pedir a Dios que nos conceda  poder dejar todos los ídolos que enmascaran nuestra condición de cristianos para poder ofrecer un servicio a Dios, tal como él lo quiere, es decir pasando por el servicio ofrecido a los hermanos, recordando lo que San Juan, en su primera carta afirma: “Si alguno dice: Amo a Dios, y aborrece al hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Quien ama a Dios, ame también a su hermano”.


Jorge Gibert Tarruell
Monje cisterciense

sábado, 18 de octubre de 2014

DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO




“Pagad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Jesús concluye con estas palabras el intento de fariseos y herodianos de ponerle en dificultad ante el pueblo y ante las autoridades con motivo del tributo impuesto por los romanos. Pero esta sentencia de Jesús contiene un mensaje aún válido para nosotros, que vivimos en una realidad socio-política muy diferente diferente.

            Fariseos y herodianos eran dos grupos políticos que ejercían un real poder en la Palestina del entonces. Los fariseos, fieles a las prescripciones de la ley mosaica, eran contrarios al poder romano, pero lo aceptaban por razones prácticas.. Los partidarios de Herodes, en cambio, eran colaboradores decididos de Roma. La cuestión planteada a Jesús era algo más que un simple juego de palabras, pues intentaba ponerle ante un compromiso cargado de graves consecuencias. Jesús sabe que sus interlocutores no buscan respuestas concretas sino que tratan de ponerle en dificultad. Con la moneda del tributo en la mano, que se ha hecho dar por los mismos que lo interrogaban, Jesús decide: «Pagad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios».

            Invitando a dar al César lo que le corresponde, Jesús reconoce que el poder político tiene su valor, que le compete responsabilidad para trabajar en bien del pueblo. Delicadamente invita a entender que todo poder humano entra en el plan de Dios y tiene su papel en el esquema de la historia de la salvación. Es desde esta perspectiva que conviene entender la primera lectura de este domingo, que interpreta, desde el designio de Dios de salvar a su pueblo, los acontecimientos políticos que, a mediados del siglo VI antes de Cristo, llevaron a Ciro, rey de los persas, a vencer y subyugar los demás estados del Medio Oriente.

            Jesús es el Mesías enviado por Dios, pero este hecho no supone que pueda arrogarse funciones y responsabilidades que competen a la autoridad humana. Jesús ha venido a anunciar el reino de Dios y la llamada divina a recibir el reino y sus exigencias, pero esto no supone ningún conflicto con las realidades representadas por los estados y poderes humanos. Pero esta actitud no invita a desentenderse de las realidades de la sociedad humana organizada. El que quiere ser discípulo de Jesús no puede quedarse al margen de la vida social ni desinteresarse de ella, sino que ha de asumir las obligaciones comunes. Jesús ´no es un anarquista contrario al poder humano. Es aceptando los derechos legítimos del César, es decir, asumiendo las realidades de su tiempo y de su pueblo, que Jesús manifiesta su soberana libertad de Hijo de Dios.

            Insistiendo en la necesidad de dar a Dios lo que es de Dios, Jesús invita a vivir la propia vida en todos sus aspectos, incluidas las obligaciones políticas y sociales, en la fidelidad a Dios. Si el estado puede exigir del hombre sus servicios y sus bienes, con más razón Dios puede exigir el empeño total de la persona humana, que escoge servirle. Ser testigos del reino de Dios en el mundo está reñido con una indiferencia hacia las realidades terrenas, considerándolas como sin valor. El cristiano, precisamente porque está empeñado a ser fiel a las exigencias del Reino, no puede rehuir la colaboración con las realidades del mundo, las cuales conservando su valor y su autonomía, permanecen sometidas al dominio supremo del Creador.

            La celebración de este domingo debe ayudarnos a trabajar para dar a Dios lo que es de Dios, demostrando en todo momento la actividad de nuestra fe, el esfuerzo de nuestro amor y el aguante de nuestra esperanza, características que San Pablo, en la segunda lectura, recordaba como propias de los cristianos de Tesalónica, sin olvidar la responsabilidad que pesa sobre nosotros, como ciudadanos del mundo, de dar, también con empeño, al Cesar lo que es del Cesar, contribuyendo para que en el mundo puedan reinar la libertad, la justicia y la paz.

Jorge Gibert Tarruell
Monje cisterciense
Abadía de Santa María de Viaceli

sábado, 11 de octubre de 2014

DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO



El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados, pero no quisieron ir. Volvió a mandar criados encargándoles que les dijeran: tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Venid a la boda. Esta parábola repite, de alguna manera, el mismo mensaje de la parábola del domingo anterior. Jesús insiste en el mensaje del amor de Dios, que quiere salvar a todos, haciéndoles participar en su vida, pero encontraba la falta de interés e incluso con la oposición de sus oyentes. Israel, que en su condición de pueblo elegido, era el invitado a participar en la nueva comunión de vida ofrecida por Dios a los hombres en su Hijo Jesucristo, sin embargo rechazó las constantes invitaciones a la conversión, e incluso llegó al trato cruel dado a los enviados del rey. Esta actitud negativa de los primeros invitados hacia los siervos del rey tiene como consecuencia dejar su puesto en la mesa a otros comensales, llamados cuando menos se lo esperaban.


Pero además de esta realidad, la parábola evoca varios temas bíblicos, cargados de significado en el conjunto de la historia de la salvación. El primero es el del banquete preparado por Dios al final de los tiempos, banquete que reunirá alrededor de la misma mesa a cuantos se han mostrado fieles servidores de Dios. El tema lo ha ilustrado el fragmento del libro de Isaias de la primera lectura. El hecho de reunirse alrededor de una mesa para comer y beber juntos ha permitido a menudo establecer entre los comensales una relación más intensa, que puede favorecer un crecimiento en el mutuo concimiento y la posibilidad de una mayor amistad. No es de extrañar pues que Dios, por medio de los autores de la Escritura, haya utilizado esta imagen para recordar a la humanidad su proyecto de reunirlos a todos para hacerles partícipes de su amor y de su vida. El tema del banquete que Dios prepara para el final de los tiempos está relacionado también con la Eucaristia, el banquete al que Jesús nos convoca todos los domingos, alrededor del altar, para participar de su cuerpo y de su sangre.


El segundo tema es el de las bodas. La Biblia, para evocar el gesto de Dios que busca a la humanidad para introducirla en su amor y en su vida, ha utilizado a menudo la imagen nupcial en la que Dios actua como esposo y el pueblo com esposa. Así se quiere indicar la relación estrecha que Dios quiere establecer con nosotros.

Otro tema que la parábola propone es la gratuidad del amor de Dios para con nosotros. El gesto del rey, que ante la negativa de los convidads de la primera hora a participar en el festín, hace salir a ls criados por los caminos, para llamar a todos, buenos y malos como precisa el evangelio, gratuitamente, sin limitaciones, muestra la fuerza de su amor: la llamada es general y no presupone ningún requisito: malos y buenos son llamados e introducidos en la sala del banquete, indicando así que basta acoger la invitación.


Pero no se puede pasar por alto otro tema insinuado en la parábola por la escena del invitado que no se ha vestido de fiesta para participar en el festín. Es cierto que Dios llama a todos, sin distinción, sin preferencias, pero quien ha acogido la invitación para participar en el festín de Dios, ha de demostrar un mínimo de respeto, y no desmerecer la llamada recibida. Hay que disponerse convenientemente para obtener los frutos del Espíritu.


Jesús en su parábola ha recogido estos temas y les ha dado un significado muy concreto. Todos nosotros hemos sido llamados por Dios para participar en su vida que no tiene fin. La vida cotidiana, llena de angustias, tristezas, trabajos y pruebas, ha de quedar iluminada por esta llamada a participar en el festín que Dios nos ha preparado. Todo lo puedo en aquel que me conforta, decía san Pablo en la segunda lectura. Esforcémonos también nosotros para responder debidamente y revestirnos con el hábito nupcial que nos permita gozar con plenitud cuanto Dios nos ofrece


sábado, 4 de octubre de 2014

DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO - Isaías (5,1-7)

Yo os he elegido del mundo, para que vayáis y deis fruto,
 y vuestro fruto dure --dice el Señor (Jn 15, 16)

Mi amigo tenía una viña en fértil collado. La entrecavó, la descantó y plantó buenas cepas; construyó en medio de una atalaya y cavó un lagar. Y esperó que diese uvas, pero dio agrazones. Un antiguo canto popular que recoge el lamento de un enamorado al constatar la infidelidad de la persona amada sirve al profeta Isaías  para montar los esfuerzos de Dios en favor de su pueblo, esfuerzos que acaban en un rotundo fracaso, pues mientras se esperaban sus frutos como respuesta a los desvelos, la viña le responde con agraces. Isaías invita a los habitantes de Jerusalén a hacer de jueces entre el amigo y su viña, para terminar anunciando las consecuencias de tal actitud: el amor decepcionado abandona, con pesar, a la viña a su propia suerte, y este abandono supone la ruina de la viña.

Cuando Jesús pronunció la parábola que el Evangelio propone hoy, quienes le escuchaban debieron relacionarla con facilidad con el antiguo poema de Isaías. El texto evangélico no se limita a reproducir los particulares del oráculo profético, sino que añade elementos nuevos para adaptarlo a las circunstancias del ministerio de Jesús. La constatación de la falta de fruto en el momento oportuno, aparece ligada al comportamiento desacertado de los labradores hacia los enviados por el amo de la viña, y sobre todo hacia su propio hijo, indicando de esta manera la suerte corrida por los profetas del antiguo testamento, así como lo que estaba por suceder al mismo Jesús. La sentencia que el mismo auditorio pronuncia, «Hará morir de mala muerte a estos malvados y arrendará la viña a otros labradores», prevé el castigo, no tanto de la viña cuanto de aquellos que la administran, indicando que la viña será entregada a otros, que podrán producir frutos al tiempo debido.

La parábola ofrece pues una dramática visión de la historia del pueblo que, elegido por Dios y objeto de sus cuidados amorosos a lo largo de la historia, se ha manifestado desobediente a la voluntad de Dios y sordo a las invitaciones a la conversión. Los labradores, matando al hijo, pensaban quedarse con toda la herencia, pero se equivocaron. El hijo rechazado y muerto, se convierte en el Mesías, que después de su glorificación confía su viña, es decir el reino de los cielos, la iglesia, a otro pueblo, del que se espera que de el fruto en tiempo debido. Pero no podemos olvidar que la alianza que Dios hace con su pueblo reclama convertir la vida en un servicio fiel y constante. Si la alianza de Dios con Israel no dio el fruto que se esperaba, el nuevo Israel, la Iglesia, que tiene como piedra angular al mismo Jesús, ha de esforzarse para dar el fruto esperado.

Y aquí conviene preguntarnos: ¿Cómo es el fruto que damos? ¿Servimos a Dios y a su voluntad de todo corazón buscando, como  dice san Pablo en la segunda lectura, todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito? No se puede olvidar que se nos pedirá cuenta de nuestro servicio. No basta pertenecer a la Iglesia, no basta pertenecer a un pueblo que, por los avatares de la historia, dice ser cristiano y católico, pues si no damos fruto, podemos perder incluso lo que tenemos. Consideremos el hecho de que los países que fueron la cuna del cristianismo, el próximo oriente y el norte de África hoy han dejado de ser cristianos. Si nuestra fe no es sincera y profunda, capaz de dar sentido a nuestro quehacer cotidiano, si introducimos una escisión entre lo que exige la fe y el resto de nuestra actividad humana y social, corremos el peligro de no dar el fruto que se espera de nosotros.

La historia de la salvación, personal o comunitaria, es una delicada, larga, y, a veces, incluso difícil y trágica contienda entre el amor de Dios, siempre fiel a sus promesas, y la veleidad de los hombres, siempre fáciles a dejarnos llevar por el capricho, por los propios criterios y principios, todos ellos hijos de nuestra poca disponibilidad en reconocernos criaturas de Dios. Urge pues disponer nuestro espíritu para que pongamos por obra, según la palabra del apóstol, todo lo que aprendimos, recibimos, oímos y vimos en aquellos que nos iniciaron a la fe. Para ello, Pablo recomienda una oración incesante, una súplica ante Dios para obtener de él que nuestra vida responda a sus cuidados y podamos dar el fruto que se espera de nosotros.

Jorge Gibert Tarruell
Monje cisterciense
Abadía de Santa María de Viaceli

39320 Cóbreces, Cantabria