sábado, 28 de noviembre de 2015

PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO 2015



El Adviento se caracteriza por ser un tiempo de esperanza. La espera del nacimiento de aquel que será luz y gloria de las naciones, también de la nuestra, que lo necesita con urgencia. El Adviento es, pues, una invitación a esperar con alegría el nacimiento de Jesús, y además es también una llamada a vivir con ilusión la fe en Él.

            El tiempo de la espera es tiempo necesario e importante. Es en la espera donde tenemos la posibilidad de ser y hacer lo que realmente elegimos personalmente. Es en “la espera del Señor” donde vamos demostrando que vivimos en su presencia. Se prepara la venida del Señor viviendo en su presencia, mientras esperamos que venga.

            En este primer domingo de Adviento estamos invitados a hacernos la pregunta por qué y por quién  viene Señor. El creyente es un esperador de Dios; el creyente vive en la esperanza de Dios. El Señor viene, en el Señor espero, en el Señor he puesto mi esperanza. Son frases que resumen la convicción profunda del creyente. La esperanza hace vivir al creyente de manera diferente a todos los demás hombres. Mientras los demás tiemblan, él permanece en pie.

                 El peligro del creyente y de todo hombre reside en que se nos embote la cabeza con otras esperanzas menores, a las que les damos el rango de mayores. Todo lo que nos aparta de vivir en presencia del Señor se convierte en posibilidad de embotamiento de nuestro corazón. El creyente vive el mismo mundo, los mismos acontecimientos que los demás, pero los vive con otra perspectiva: los vive en esperanza por que apuesta firmemente por algo que no falla: la venida del Señor. El Señor, a pesar de todo y a pesar de nosotros mismos, vendrá. Esta es la convicción que vence todo temor y toda angustia.

                La vida en esperanza es la que crea esperanza y abre a otros a la esperanza. Creer en la esperanza y crear  situaciones de esperanza, es dar razones para que otros confíen y esperen. Lucas apunta una manera de vivir la esperanza y en esperanza: la vigilancia y la oración. La desesperanza se apodera de nosotros cuando no somos capaces de ver de cerca al Señor o cuando lo perdemos de vista o cuando no nos relacionamos  con él y vivimos como si no estuviera presente, por eso no es una espera de brazos cruzados, sino activa.

 Hay que velar, estar  Despiertos y atentos para descubrir a Dios cerca de nosotros. Despiertos y atentos para verle en nuestros hermanos que sufren y en los más necesitados. Solo así podremos experimentar que Él nos fortalece, nos colma y nos hace rebosar de amor internamente. No hay otra manera de vivir la fe, de reconocer a Dios en nuestra vida, que a través del amor. La fe nos mueve a la esperanza y también a la caridad. Y al mismo tiempo, la esperanza y la caridad fortalecerán nuestra fe.

En este tiempo de Adviento estamos llamados a permanecer vigilantes y activos frente a tantas necesidades que hay a nuestro alrededor. El nacimiento de Jesús fue motivo de alegría para los más pobres, los pastores, que pasaban la noche al raso. También lo ha de ser para los pobres de hoy, para los necesitados, para nuestros vecinos, para los que se han quedado sin trabajo, para los que buscan refugio porque se ven obligados a huir de su país, para aquellos que sufren las consecuencias de las guerras y de cualquier clase de violencia. Para que no pierdan la esperanza, para que no la perdamos nosotros tampoco.  El Señor nos invita a mirar la vida con la cabeza alta. Él viene a nuestro encuentro. "Levantaos, alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación". Es todo un Dios que se hace niño, el que se hace pobre, el que emigra y busca refugio en otro, es decir, se hace extranjero, se hace cercano, humilde, pequeño… para hacernos a nosotros grandes.

Queramos, al menos desear vivir el Adviento con fe, con esperanza y con amor. Tenemos por delante cuatro semanas para ir con atención al encuentro de Dios, para no perdernos su venida. Cuatro semanas de estar despiertos, con la cabeza alta, esperando nuestra liberación.


MARANATHA -VEN SEÑOR JESÚS-

sábado, 21 de noviembre de 2015

VEN A REINAR EN NUESTRAS VIDAS SEÑOR

     
"MI REINO NO ES DE ESTE MUNDO"
         Último domingo del año litúrgico. Es una de las fiestas más importantes del calendario litúrgico, porque celebramos a Cristo como el Rey del universo. Es decir, celebramos la pertenencia de todo y de todos a Dios. Cristo es el Rey del universo y de cada uno de nosotros. Su Reino es el Reino de la verdad y la vida, de la santidad y la gracia, de la justicia, del amor y la paz.
Celebramos que Cristo puede empezar a reinar en nuestros corazones, deseándolo con intensidad, Este deseo es decirle que sí,  es abrirle la puerta de nuestra vida, de nuestro corazón para que reine y en él. De esta forma vamos instaurando desde ahora el Reino de Cristo en nosotros mismos,  en nuestros hogares, comunidades, empresas y ambiente en general.
          Jesús nos habla de las características de su Reino a través de varias parábolas en el capítulo 13 de Mateo: “es semejante a un grano de mostaza que uno toma y arroja en su huerto y crece y se convierte en un árbol, y las aves del cielo anidan en sus ramas”; “es semejante al fermento que una mujer toma y echa en tres medidas de harina hasta que fermenta toda”; “es semejante a un tesoro escondido en un campo, que quien lo encuentra lo oculta, y lleno de alegría, va, vende cuanto tiene y compra aquel campo”; “es semejante a un mercader que busca perlas preciosas, y hallando una de gran precio, va, vende todo cuanto tiene y la compra”.
         En ellas, Jesús nos hace ver claramente que vale la pena buscarlo y encontrarlo, que vivir el Reino de Dios vale más que todos los tesoros de la tierra y que su crecimiento será grande. Aunque ese crecimiento no sea visible y nadie sepa cómo ni cuándo, será eficaz.
      La Iglesia tiene el encargo de orar y predicar para extender el reinado de Jesucristo entre los hombres. Su oración, predicación y extensión, debe ser el centro de nuestro afán y vida como miembros de la Iglesia. Con esto conseguiremos alcanzar un mundo nuevo en el que reine el amor, la paz y la justicia y la salvación eterna de todos los hombres.
        Para lograr que Jesús reine en nuestra vida, en primer lugar debemos conocer a Cristo. La lectura y reflexión del Evangelio, la oración personal y los sacramentos son medios para conocerlo y de los que se reciben gracias que van abriendo nuestros corazones a su amor. Se trata de conocer a Cristo de una manera experiencial y no sólo teológica.
       Al conocer a Cristo empezaremos a amarlo de manera espontánea, porque Él es toda bondad. Y cuando uno está enamorado se le nota.
      El amor nos llevará casi sin darnos cuenta a pensar como Cristo, querer como Cristo y a sentir como Cristo, viviendo una vida de verdadera caridad y autenticidad cristiana. Cuando imitamos a Cristo conociéndolo y amándolo, entonces podemos experimentar que el Reino de Cristo ha comenzado para nosotros.
        Por último, vendrá el compromiso apostólico que consiste en llevar nuestro amor a la acción de extender el Reino de Cristo a todas las almas mediante obras concretas de cada uno en su medio. No nos podremos detener. Nuestro amor comenzará a desbordarse.
        Dedicar nuestra vida a la extensión del Reino de Cristo en la tierra es lo mejor que podemos hacer, pues Cristo nos premiará con una alegría y una paz profundas e imperturbables en todas las circunstancias de la vida.
A lo largo de la historia hay innumerables testimonios de cristianos que han dado la vida por Cristo como el Rey de sus vidas, ellas nos sirven de estímulo y ejemplo. 






sábado, 5 de septiembre de 2015

DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo B)


         “Decid a los cobardes de corazón: «Sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite; viene en persona, resarcirá y os salvará”. Para nosotros, cristianos, la Biblia, la Sagrada Escritura, es un libro que contiene una enorme colección de mensajes que Dios ha ido enviando sin cesar a su pueblo para infundirle esperanza, para ayudarle a superar los momentos difíciles que la vida depara de vez en cuando. El texto que hemos escuchado hoy como primera lectura  intentaba levantar el ánimo del pueblo en un momento especialmente difícil, y el profeta, para hacer entender la voluntad salvadora de Dios, no dudó en describir que esta acción anunciada llegaría hasta el extremo de despegar los ojos del ciego, de abrir los oídos del sordo, que haría saltar como un ciervo al cojo, y cantar la lengua del mudo. Es desde la perspectiva de este mensaje de esperanza, siempre actual y válido, de que el amor de Dios siempre está bien dispuesto en favor de la humanidad, que hoy hemos de leer e interpretar el relato que Marcos propone de la curación del sordomudo.

El evangelio ha recordado que, durante sus correrías por tierras palestinas, presentaron a Jesús a un hombre sordo, que apenas podía hablar, para que le impusiera las manos, es decir para que invocara sobre él la bendición de Dios. Es importante entender que Jesús no ha venido al mundo para ser el curandero de turno que resuelve todos los problemas que afligen a las personas que se cruzan en su camino y, que cuando el evangelista recuerda a aquel sordomudo concreto, de hecho está evocando a tantos millones de personas que han vivido, viven y vivirán sordos a la palabra de Dios, que son incapaces de relacionarse con los hermanos, que viven encerrados en sí mismos, sin poder establecer un diálogo esclarecedor que pueda facilitar la paz y la concordia.

Jesús se dio cuenta inmediatamente de la gravedad de la situación de aquella persona, que vivía marginada por el hecho de no poder oír ni poder hacerse entender por los que le rodeaban, y se la toma muy en serio. Jesús, para hacer entender a aquel hombre sus buenas intenciones, aunque pueda sorprender a nuestra sensibilidad actual, no duda en tocar sus oídos y su lengua. Después, en una forma sencilla de plegaria, mirando al cielo suspiró y dijo en su lengua materna. “Ábrete”, restituyéndole así las facultades de oir y hablar correctamente.

Con este gesto Jesús quiere indicarnos que el Hijo de Dios, hecho hombre, ha asumido todas las debilidades de la humanidad para ofrecer también a todos la fuerza para superar tales límites. Jesús quiere dar a los hombres la capacidad de escuchar la Palabra de Dios y de proclamar sus alabanzas, y así recibir la salvación que el Padre ofrece a todos, hombres y mujeres de todos los tiempos y lugares. Pero el gesto de Jesús no pasó desapercibido, y la gente que presenció la escena prorrumpió con un clamor: “Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos”. De alguna manera, la multitud entiende que en la persona de Jesús encuentran su plenitud las promesas de salvación que habían anunciado repetidamente los profetas, y con sus palabras de entusiasmo muestran un comienzo de fe en Jesús, el Salvador.

          En la medida en que creemos en Jesús también nosotros hemos sido salvados. Pero la fe no puede quedar en gestos vacíos o meras palabras. Hoy, en la segunda lectura, el apóstol Santiago urgía para que traduzcamos nuestra fe en obras. Si creemos que Dios ha escogido a los pobres del mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino que prometió a los que le aman, hemos de evitar los falsos criterios de la sociedad en que vivimos, sin dejarnos guiar por el egoísmo, el poder, la fuerza, el dinero, el prestigio, sino más bien, adoptando los criterios de Dios, evitando la acepción de personas y poniéndonos al servicio de los desheredados, de los que sufren. Dios quiera que nos abramos a la acción del Espíritu Santo para ajustar nuestros caminos a los criterios de Dios, que nos han sido manifestados con toda claridad en la persona de su hijo amado, Jesucristo nuestro Señor.

martes, 1 de septiembre de 2015

CALENDARIO 2015

DICIEMBRE 2015

MARANATHA - VEN, SEÑOR JESÚS - 
 "Amén; sí, ven, Señor Jesús" 




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SEPTIEMBRE 2015



AGOSTO 2015


domingo, 16 de agosto de 2015

Domingo XX del Tiempo Ordinario (Ciclo B)


“El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él”. Estas afirmaciones de Jesús provocaron un  escándalo entre quienes escuchaban sus enseñanzas, pues no entra en la normalidad expresarse del modo como lo hizo Jesús, y así se explica que muchos de sus seguidores se apartaren, afirmando la dureza de tales palabras. Y sin embargo estas mismas palabras ofrecen el sentido y el contenido de la Eucaristía, el gesto ritual típico de quienes nos confesamos cristianos. Desde hace más de veinte siglos, los bautizados en Jesús se reúnen, sobre todo el domingo, para escuchar las Escrituras y participar en el convite de pan y vino que Jesús dejó a sus apóstoles la noche del jueves santo, poco antes de su Pasión.

            Pan y vino son alimentos que el hombre utiliza a diario, desde tiempo inmemorial, en cuanto fortalecen el cuerpo y alegran el corazón, y que puestos sobre la mesa crean alianzas y renuevan amistades. Si se puede decir que estos elementos son portadores de vida ya desde su dimensión material, es fácil comprender que Jesús los haya escogido como signo de la realidad de su vida y de su obra de salvación, que culminó con su muerte de cruz y su resurrección. Muriendo en la cruz venció a la muerte y ofreció vida abundante a todos los que creen en él. Y para que esta promesa no quedase en meras palabras, quiso dejar un gesto muy concreto que significase y realizase lo que prometía.

            Al realizar la vinculación entre carne y pan, sangre y vino, Jesús se ofrecía a si mismo como manjar y bebida para que los creyentes tuviesen vida y la tuviesen en abundancia. El pan que Jesús ofrece no es un pan cualquiera, ni el vino de la copa es un vino cualquiera. Son el cuerpo y la sangre de Jesús que él quiere ofrecer como alimento y que producen una vida que va más allá de la muerte física. Eucaristía y resurrección de los muertos son dos conceptos que pueden aparecer muy distantes, y sin embargo en buena teología forman un única realidad. Dios ha enviado a su Hijo Jesús para ofrecer a la humanidad tener parte en su vida cuando les llegue la hora de morir, y no por un tiempo más o menos largo sino para siempre. Y como prenda de esta promesa, tenemos el banquete eucarístico en el que participamos del pan y del vino que son cuerpo y sangre de Jesús y que operan en nosotros poco a poco esta preparación que culminará en nuestra resurrección. Toda el ansia de vida sin término que aletea en el corazón de todo mortal encontrará su satisfacción en la promesa divina, que la eucaristía anuncia e incoa día a día.

Hoy, la primera lectura nos ha recordado el banquete de pan y vino que la Sabiduría prepara para los inexpertos, es decir, los sencillos, los pobres, que acogen su invitación. La sabiduría, atributo divino y fuente de vida verdadera, ofrece un alimento que hace amigos de Dios, que aparta de la inexperiencia e introduce en el camino de la vida. Este pasaje del libro de los Proverbios contiene un esquema de la historia de la salvación. Dios ha preparado para los hombres un encuentro de vida sin término, expresado bajo la imagen de un banquete. A lo largo de la historia ha enviado a sus siervos, los profetas, para invitar a los hombres a entrar en comunión con él, y la imagen se convierte en realidad en Jesús. En la Eucaristía nos hace entrar en comunión de vida con él, en el pan y en el vino nos da su cuerpo y su sangre. Pero la Eucaristía no es más que un signo, un sacramento, una anticipación del verdadero y eterno banquete mesiánico, que tendrá lugar cuando Él volverá en su gloria.

            El apóstol Pablo insiste hoy en la segunda lectura: “Fijaos bien como andáis; no seáis insensatos, sino sensatos , aprovechando la ocasión: daos cuenta de lo que el Señor quiere”. Estas palabras invitan a una seria y responsable vigilancia entendida como sobriedad de vida, de una parte, y como compromiso para mejor emplear el tiempo presente, teniendo la vista fija en la vida eterna que se nos ha prometido y que nos espera indefectiblemente.


jueves, 6 de agosto de 2015

La transfiguración


La historia de la Transfiguración del Señor añade algo nuevo a nuestra vida: morir significa resurgir; en efecto, la Transfiguración no recuerda sólo un pasaje, una metamorfosis pasajera de Jesús, el resplandor en Él de la Gloria divina es una anticipación de Su Pascua, y también de nuestra Pascua.

Es fundamental comprender que Jesús sobre el Monte Tabor se manifiesta como Dios, la otra manifestación divina de Jesús, según el evangelista Juan, es la Cruz; por lo que Cruz y Tabor van juntos.

La fiesta de la Transfiguración es garantía del hecho que el Señor no abandona lo creado y a ninguna de sus criaturas, que no abandona la historia, como si fuese un actor teatral. A la sombra de la Cruz sabemos que precisamente así, los hombres van hacia la Transfiguración.

Permitidme un recuerdo hoy. En el mil novecientos setentaiocho, al llegar la tarde, moría el beato Papa Pablo Sexto. Su pontificado fue cada vez más, el ser clavado en la Cruz. Pablo Sexto desarrolló su servicio con fe, por eso hadebió aceptar crueles críticas. Pero un Papa, como también un simple cristiano, que no padezca críticas no cumplirá su misión de testigo de Cristo. Pablo Sexto pudo vivir de este modo porque no buscaba el éxito de la aprobación de la gente, sino que se apoyaba sobre la propia conciencia que se basa sobre la verdad y la fe. La vida de este Papa nos enseña que la fe es un morir, pero es también un paso para entrar en la vida auténtica, en la Transfiguración, como nos recuerda el Apocalipsis Él será el Dios con ellos. Y secará toda lágrima de sus ojos, no habrá más muerte, ni luto, ni lamentos ni afanes porque las cosas anteriores han pasado.


La Transfiguración nos preanuncia todo esto.

sábado, 30 de mayo de 2015

JUNIO 2015 - MES DEDICADO AL CORAZÓN DE JESÚS.



Hoy, para rondar la puerta de vuestro santo costado,
Señor, un alma ha llegado de amores de un muerto muerta.
Asomad el corazón, Cristo, a esa dulce ventana,
Oiréis de mi voz humana una divina canción.

Muerto estáis, por eso os pido el corazón descubierto
Para perdonar despierto, para castigar dormido.

Si decís que está velando cuando vos estáis durmiendo,
¿Quién duda que estáis oyendo a quien os canta llorando?
Y, aunque él se duerma, Señor, el amor vive despierto;
Que no es el amor al muerto, ¡vos sois el muerto de amor!
Que, si la lanza, mi Dios, el corazón pudo herir,
No pudo el amor morir, que es tan vida como vos.

Anduve de puerta en puerta cuando a vos no me atreví;
Pero en ninguna pedí que la hallase tan abierta.

Pues, como abierto os he visto, a Dios quise entrar por vos:
Que nadie se atreve a Dios sin poner delante a Cristo.

Y aún éste, lleno de heridas, porque sienta 
el Padre eterno que os cuestan,
Cordero tierno, tanta sangre nuestras vidas.
Gloria al Padre omnipotente, gloria al Hijo Redentor,
Gloria al Espíritu Santo: tres personas, sólo un Dios. Amén.


viernes, 1 de mayo de 2015

MES DE MAYO, MES DEDICADO LA VIRGEN MARÍA





FLORES A MARÍA 

Venid y vamos todos con flores a porfía, 
con flores a María, que Madre nuestra es 
con flores a María, que Madre nuestra es. 

De nuevo aquí nos tienes, purísima doncella, 
más que la luna, bella, postrados a tus pies. 

Venimos a ofrecerte las flores de este suelo, 
con cuánto amor y anhelo, Señora, tú lo ves. 

Por ellas te rogamos, si cándidas te placen, 
las que en la gloria nacen, en cambio, tú nos des.





miércoles, 1 de abril de 2015

JUEVES SANTO (ciclo B)

    

         Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Con estas palabras de s. Juan entramos de lleno en la celebración de la Pascua.

La primera lectura recuerda hoy el sentido original de la Pascua hebrea, un rito antiquísimo, nacido entre pastores nómadas y recogido después por Moisés como signo de la intervención de Dios en la historia de su pueblo para liberarlo del yugo egipcio e iniciarle en el camino de la libertad. Israel, desde aquel momento, renueva cada año el antiguo rito para proclamar que Dios está cerca de su pueblo, siempre dispuesto a salvarlo. Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, sentado en la mesa con sus discípulos, repitió aquel rito pascual dándole un nuevo significado. Dado que el pueblo continua necesitado de liberación, Dios se dispone a intervenir de nuevo; pero ahora no será la sangre de un cordero el signo que protegerá al pueblo sino la sangre del Hijo del hombre que será inmolado en la cruz.

          San Pablo, en la segunda lectura, siguiendo a los evangelistas Mateo, Marcos y Lucas, ha presentado la versión cristiana del rito pascual: el pan y el vino son signos del cuerpo y de la sangre de Jesús, que anuncian y hacen presente la salvación que Dios ofrece, hasta el momento en que participaremos con Jesús en la gloria del Padre y la salvación será realidad para cada uno de nosotros.

          Pero el evangelio de san Juan no habla directamente de este rito pascual cristiano. El evangelista, dando por conocido el misterio que encierra el gesto ritual que distingue a los cristianos, quiere inculcar la dimensión real del rito que Jesús dejó a sus discípulos en la escena del lavatorio de los pies de los discípulos por parte de aquel que es Señor y Maestro. Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levantó de la cena, se quitó el manto y se puso a lavar los pies a los discípulos. El gesto de Jesús de lavar los pies de los discípulos recuerda lo que Dios ha querido hacer para la humanidad: El Hijo de Dios ha venido hasta nosotros para servirnos, no para ser servido, ha venido para asumir nuestras miserias, para participar en verdad de nuestra vida humana; ha amado tanto al hombre pecador, que se ha puesto a su servicio, ha dado la vida por él, hasta morir clavado en la cruz. El gesto de Jesús es humildad, ciertamente, pero sobre todo es amor.


           San Juan, al substituir, en la narración de la última cena, la institución de la eucaristía por el lavatorio de los pies, quiere indicarnos la exigencia que comporta reunirnos para participar del sacramento del cuerpo y de la sangre de jesús. En efecto, de poco puede servirnos asistir a la misa, participar en los cantos, escuchar las lecturas, sumir el pan consagrado, si, al salir de la celebración, seguimos pretendiendo ser el centro del universo, imponiendo a los demás nuestro punto de vista o nuestro capricho, si tratamos de continuar medrando en bienes temporales aprovechándonos de la debilidad o de la candidez de los demás, si usamos a los demás como objeto para saciar nuestras pasiones, si no nos damos cuenta que los bienes que la vida a puesto a nuestra disposición han de ser administrados para el bien común y no sólo para nuestro provecho, si nos desentendemos de las obligaciones sociales y políticas, para permanecer en una cómoda tranquilidad.

          “Si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis”. Con estas palabras, Jesús no nos invita simplemente a repetir el gesto material de lavarnos los pies unos a otros; ésto sería relativamente fácil, aunque quizá para el hombre moderno pueda entrañar un cierto esfuerzo para superar la sensibilidad natural. Jesús nos pide mucho más. Nos pide que le imitemos en su gesto de dar la vida por los hermanos. Que cada vez que celebremos la Eucaristía sepamos superar los límites del rito para entender la dimensión real de la obra salvadora de Jesús y aprendamos a acoger en todo su valor a todos los hermanos, a toda la humanidad por la que Jesús se ha entregado.





  

sábado, 28 de marzo de 2015

Domingo de Ramos (Ciclo B)

LOS NIÑOS HEBREOS, LLEVANDO RAMOS DE
 OLIVO, SALIERON AL ENCUENTRO DEL SEÑOR
ACLAMANDO, ¡HOSANNA EN EL CIELO!
       “Se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por esto Dios lo levantó sobre todo”. Estas palabras de la carta de san Pablo a los Filipenses resumen el contenido de la celebración del domingo de Ramos y de toda la Semana Santa, la semana que los cristianos dedicamos a recordar el misterio de la muerte y resurrección de Jesús. La liturgia de este día engloba las dos faceta fundamentales del misterio pascual, como son muerte y vida, humillación y triunfo. 

Hoy, la liturgia, con la bendición de los ramos, nos hace recordar la entrada triunfal en Jerusalén de aquél que es llamado rey de Israel, pero que de hecho es el Siervo destinado a dar su vida, para recobrarla para sí y para todos. Aquel episodio, exteriormente jubiloso y alegre para la multitud de los que aclamaban a Jesús como rey de Israel, como el que venía en nombre del Señor, de hecho para el mismo Jesús estaba cargado de tristes presentimientos, pues era consciente de la oposición de los que no aceptaban su mensaje, y que, en consecuencia no cejarían hasta quitarlo de en medio, condenándolo a muerte. En la procesión se nos ha invitado a cantar saludando a Cristo como rey, anticipando en cierto modo la gloria de la Pascua, pero sabiendo que, una vez entrados en la nave de la Iglesia, nos encontraríamos con el relato de la Pasión.

La procesión del domingo de Ramos conviene entenderla como un signo. Somos cristianos y hemos de avanzar por la vida confesando a Jesús con el clamor de nuestros labios, con entusiasmo y alegría, para fortalecer nuestro espíritu, preparándonos así para cuando llegue el momento, en verdad ineludible, en que se nos pedirá abrazarnos con la cruz, con el dolor y el sufrimiento, con la misma muerte, no nos hagamos atrás. No estaremos solos en aquel momento. Jesús está dispuesto a repetir su Pasión con cada uno de los hombre y mujeres que están sobre la tierra, y lo estará cuando nos llegue aquel momento.

El relato de la Pasión según san Marcos que hoy se proclama permite seguir paso a paso la consumación de la vida de Jesús. El recuerdo de la Pasión, actualizado por la lectura litúrgica, es un grito que proclama la crueldad y la injusticia infligidas a Jesús, un hombre que se hizo cercano al pueblo pobre y humilde, para defender sus derechos, para ofrecerle la salvación. Recordamos los particulares de la Pasión para estimularnos en la fidelidad en el quehacer cotidiano, de modo que lo que creemos tenga consecuencias en la vida. Un día Jesús pronunció unas palabras que no todos toman en serio: “Os aseguro que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis”. Esta afirmación permite concluir que el mismo Jesús que padeció, fue crucificado y murió en Jerusalén hace más de dos mil años, después de aquel momento no ha dejado de sufrir y morir de alguna manera en la persona de todos los hombres y mujeres que han sido, son y serán víctimas del odio, de la violencia, de la injusticia, del terror.

¿De que no sirve enternecer nuestro corazón recordando los sufrimientos de Jesús, si, encerrados en nuestro egoísmo, dejamos que muchos hermanos nuestros vivan en su carne la misma Pasión de Cristo? Lo que hacéis, lo que permitís que se haga a uno de mis hermanos, me lo hacéis a mí. No nos hagamos sordos a esta indicación que nos hace cada día el mismo Jesús. Pero debería sensibilizarnos ante la continuación de esta Pasión en tantos lugares de nuestro planeta. Es cierto que no depende de cada uno de nosotros resolver los problemas puntuales, pues la decisión final corresponde a los que detentan el poder en los diversos países, pero no podemos desentendernos del todo e ignorar lo que pasa, y manifestar nuestra opinión sobre la situación.

Si queremos vivir realmente el misterio de la Pasión de Jesús, acerquémonos a quien sufre, a quien está sólo y abandonado, tratemos de hacernos próximos de quienes son víctimas de alguna manera del mal que opera en el mundo, mal que, con nuestro egoísmo, de alguna manera favorecemos. Que la consideración de los sufrimientos de Jesús nos hagan superar nuestro egoísmo, nos hagan más sensibles al dolor, a la dificultad de nuestro prójimo, sea quien sea, y nos disponga a una plena y fecunda celebración de la Pascua de Jesús.

sábado, 21 de marzo de 2015

DOMINGO V DE CUARESMA (Ciclo B)



         Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo, pero si muere, da mucho fruto. Estas palabras del evangelio de san Juan nos permiten penetrar de alguna manera en los sentimientos que embargaban el ánimo de Jesús en los últimos días de su existencia sobre la tierra. Quizás sorprenda que hable de dolor, sufrimiento o muerte, pero estas realidades son el pan de cada día de los humanos, se encuentran, en hospitales, cárceles y campos de concentración, así como en todos los lugares dónde el hombre explota a su semejante sin misericordia. La vida conlleva dolor, sufrimiento y muerte y cuesta aceptarlo y mucho más comprenderlo, porque hemos nacido para la vida y en nosotros surge imperioso el deseo de la felicidad y del bienestar. Sólo desde la perspectiva de la fe es posible comprender y aceptar este misterio de dolor, sufrimiento y muerte. 

       Hoy Jesús intenta explicarnos este aspecto duro e insondable de la existencia, con el simil del grano de trigo que aparentemente muere y se descompone, pero que se convierte en principio de vida, y que alude claramente a su propia experiencia, y así pasa a hablar de la próxima glorificación del Hijo del hombre, es decir de sí mismo. Con esto no elude el tema iniciado, sino que profundiza en él conduciendo a sus interlocutores al significado real de los acontecimientos que vivirá en la Pascua. Para llegar al triunfo de la Resurrección necesariamente ha de pasar por la prueba de la muerte. Jesús no asume su propia muerte con actitud negativa o trágica, sino que la contempla desde la gloria de la Pascua. Por eso no duda en proclamar: Cuando yo seré elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí. La muerte que le espera en la cruz será victoria para él y para todos los que creerán en él.

Pero a pesar de esta visión optimista que Jesús tiene de su propia muerte, el evangelista Juan no esconde el aspecto humano de Jesús, sensible a la realidad del dolor y del sufrimiento. Las palabras que pone en sus labios, dejan entrever la angustia que embargaba su espíritu: “Ahora mi alma está agitada, y, ¿qué diré?: Padre líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre”. Se deja sentir en toda su fuerza la angustia que atenazaba a Jesús ante el sufrimiento que le esperaba. Vemos a Jesús sumido en una angustia atroz que le desgarra, al darse cuenta de lo que le espera. Pero al mismo tiempo, su amor al Padre le hace fiel a la plegaria, para poder ser dócil en el cumplimiento de la voluntad de aquel que le ha envíado.

En este mismo sentido han ser entendidas las palabras de la carta a los Hebreos que hoy nos han sido recordadas. Hablan de Jesús orando a gritos y con lágrimas, presentando oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte. Y se nos dice que Dios le escuchó ciertamente, pero no no le ahorró la muerte, pues para eso había venido, sino dándole la posibilidad de superarla con la resurrección gloriosa. El autor de la carta se complace en insistir que aprendió, sufriendo, a obedecer. Jesús no desmayó ni se hizo atrás, aguantó hasta la consumación: por eso es autor de salvación eterna para todo el que cree en él. Como hombre, tal como haríamos nosotros, sintió la tentación de huir, de escapar al llegar la hora de la prueba. Pero es consciente que esta hora es la misma razón de su existencia como hombre, es el camino obligado para redimir al hombre, salvarlo del pecado y de la muerte. Estas palabras del evangelio de san Juan corresponden a lo que los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas refieran acerca de la oración y la agonía en el Huerto de los Olivos la noche del jueves santo.
     El dolor, el sufrimiento y la muerte sólo podemos asumirlos desde la perspectiva de la fe en Jesús. Por eso hoy el evangelio concluye diciendo: “El que quiera servirme, que me siga. El que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna y estará dónde estaré yo”. San Juan recordaba que algunos no judíos,  venidos a Jerusalén para celebrar la fiesta de Pascua, deseaban ver a Jesús. Ojalá que nosotros tengamos también el deseo de ver y conocer mejor al Jesús, en quien creemos y que es el fundamento de nuestra esperanza, y nos esforcemos en vivir en comunión con sus padecimientos, hasta hacernos semejantes a él en su muerte y en su resurrección.

sábado, 28 de febrero de 2015

Domingo II de Cuaresma (ciclo B)

Señor Jesús: transfigúranos también a
nosotros en nuevas creaturas,
totalmente agradables al Padre Dios.
            Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Es fácil de entender la reacción de Pedro ante la visión que se ofrecía a sus ojos: Jesús, el maestro amado, aparecía envuelto de esplendor, asistido por Moisés y Elías, que eran lo mejor de Israel, la ley dada por Dios, y el testimonio vivo y eficaz de los profetas. Pedro desea perpetuar esta visión, pero como Marcos no duda en afirmarlo, no sabía lo que decía. Es fácil criticar a Pedro por su ligereza, pero todos nosotros a menudo imitamos al apóstol cuando queremos perpetuar momentos bellos de nuestra existencia, olvidando que estamos de paso y que no se dejan huellas en el aire o en el agua. Pedro necesitará escuchar la voz del Padre para volver a la realidad y comprender que lo único estable es Jesús, el Hijo de Dios, al que hay que escuchar y seguir, incluso cuando sube al Calvario, única posibilidad para llegar a la realidad de la Pascua, insinuada en la escena de la Transfiguración. Esta afirmación puede sonar demasiado dura, pero se impone hacer un esfuerzo para entender lo que Dios quiere realmente inculcarnos, que no intenta llevarnos por caminos insólitos o incluso desequilibrados, sino llevarnos a participar de su vida y de su gloria.

          San Pablo en la segunda lectura, hace hoy una afirmación, que, por lo menos podemos calificar de desconcertante: Dios no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por nosotros. Sin duda alguna cuesta aceptar la idea de un Dios, que por definición debería ser bueno y que, en cambio, exija nada menos que la muerte de su Hijo. No podemos quedarnos con una formulación semejante que de tan simplista llega a ser monstruosa. La afirmación de Pablo hemos de entenderla en el conjunto de toda la revelación. Dios, apiadado de la miseria de la humanidad, que por su pecado se había hecho merecedora de la muerte, no duda en enviar a su Hijo, para que asuma toda la realidad humana, incluso la enfermedad y la muerte, y así abrir la puerta de la salvación total. El acento ha de ponerse en el amor que Dios siente por nosotros, como lo expresa san Juan cuando afirma: Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para que tengan vida eterna.

          Es desde esta perspectiva que conviene interpretar el fragmento del libro del Génesis. El autor hablaba de Abrahán, un hombre que, dejando patria, familia y amigos, se lanzó a peregrinar por el mundo, siguiendo la voz de Dios que le prometía tierras, bienes y gran descendencia. Y cuando empezaba a palpar estas promesas al estrechar entre sus brazos a Isaac, al hijo amado, le pareció oír una voz de Dios que pedía nada menos que el sacrificio de Isaac. El texto hace sentir el drama de aquel hombre, herido en su propia carne, desgarrado en su misma fe. Él, que un día había renunciado a su pasado, ahora parece ser invitado a sacrificar incluso su futuro. Pero Abrahán no duda, su fe es más fuerte que sus sentimientos de padre: creyendo y esperando contra toda esperanza, sabiendo que Dios no puede ser infiel a sus promesas y que puede devolver a la vida incluso los que han muerto, no se echa atrás. La finalidad original de esta narración, que suscita sin duda una fuerte perplejidad, es un intento de apartar a los hombres de la atrocidad de los sacrificios humanos entonces habituales, en una época subdesarrollada desde el punto de vista religioso. El episodio termina contando cómo, en lugar del Isaac, es sacrificado un cordero, mientras brillan en todo su esplendor la fe y la obediencia de Abrahán hacia su Dios, y se anuncia que Isaac será padre de una multitud de pueblos.


          Dios no quiso aceptar el sacrificio de Isaac, el hijo predilecto de Abrahán, contentándose de la ofrenda de la fe y obediencia del patriarca, simbolizada en un cordero. En cambio, no dudó en dejar a Jesús, su propio Hijo amado, su predilecto en quien tiene puestas todas sus complacencias, en manos de los hombres que, en su ceguera espiritual, no dudarán en hacerle gustar la muerte. Pero Dios intervendrá y en la Pascua le hará resucitar, para constituirlo Señor y Mesías. El misterio de la Pascua es principio de la vida y de salvación, para todo el que cree, pero, a pesar de todo, continua siendo para muchos escándalo y motivo de irrisión y de desprecio. Como Abrahán, como Pedro conviene entrar en las perspectivas de Dios y creer sin dudar en su palabra de vida.
P. Jorge 

miércoles, 24 de diciembre de 2014

LA PALABRA ERA DIOS

     
Nos ha nacido un Niño un Hijo se nos dio,
la tierra se ilumina de un nuevo resplandor.

         En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. En el evangelio de la misa de esta noche, san Lucas se entretenía en describir los particulares que rodearon el natividad del Hijo de María, pero en la misa del día, el evangelista Juan invita a contemplar la realidad de la grandeza del Dios de los padres, ante el cual los patriarcas y profetas se inclinaban llenos de temor, para decirnos que este Dios, en su amor por los hombres pronunció una Palabra, una Palabra que es vida y que la comunica con generosidad, que es luz que brilla en las tinieblas, que ha llamado a la existencia el universo entero, que ha escogido a los hombres para fijar entre ellos su residencia. Y esta Palabra, dice Juan, se hizo carne y acampó, o si se quiere, más textualmente, plantó su tienda entre nosotros. Este es el mensaje gozoso que la Navidad nos comunica: La Palabra de Dios, por la cual todo existe, todo es vida y luz, ha querido hacerse pequeña de alguna manera, adquirir la dimensión humana y convivir con los hombres como un hombre más.
Este es el mensaje gozoso, la buena nueva, el pregón de victoria de que habla el profeta en la primera lectura y que supone el resurgir de la ciudad santa de Jerusalén que por el pecado había sido arruinada. Pero este renacer reclama colaboración. En evangelio de la noche recordaba a los pastores que, después de oir el mensaje angélico, se pusieron en camino hasta postrarse ante el niño recien nacido. Juan, en cambio, habla de la dramática historia del encuentro entre la Palabra que viene al encuentro de los hombres y la actitud de éstos. La Palabra era luz que brilla en las tinieblas, pero las tinieblas no la recibieron. La Palabra era vida, el mismo mundo fue hecho por la Palabra, pero el mundo no la conoció. Vino a su casa y los suyos no la recibieron.

Pero no podemos dejarnos desanimar por esta constatación. No todos han adoptado esta actitud negativa. A cuantos la recibieron les ha dado el poder ser hijos de Dios en la medida en que creen. He aquí el mensaje que acompaña al anuncio de la venida de la Palabra: Hay que creer, hay que abrirse, para que la Palabra pueda desplegar en nosotros toda su potencia y llevar a cabo su obra de salvación. Hoy la liturgia nos recuerda el hecho de la creación del hombre, a imagen y semejanza de Dios, pero esta obra magnífica, expresión del amor de Dios por los hombres, se vió alterada por el pecado del hombre. Pero Dios no ceja: y  Dios ha restablecido la dignidad del hombre por Jesús al hacerlo hijo de Dios y heredero del cielo.

El hecho de que el Hijo de Dios se haya hecho hombre nos ayuda a comprender otro aspecto importante: el valor que el hombre tiene para Dios. El hombre, cualquier hombre, entra en los planes de salvación de Dios. No en vano Jesús dirá con tono solemne: lo que hacéis a uno de estos pequeños, me lo hacéis a mi. Precisamente por eso, no podemos reducir la celebración de la Navidad a dar una mirada retrospectiva de la historia de salvación y a cantar el amor de Dios para con los hombres que, en un momento preciso lo ha llevado a nacer de María. Una auténtica celebración de la Navidad lleva consigo el plantearse cómo recibimos a Jesús. Ciertamente no se trata de saber como se recibiría a Jesús si se presentase a nosotros tal como lo conocieron sus contemporáneos. Hemos de esforzarnos a recibir a Jesús en todos y cada uno de los hermanos que tenemos a nuestro lado. Que el Dios hecho hombre nos ayude a descubrir el valor de todos y cada uno de nuestros hermanos, por quienes Jesús se entregó hasta el final. 



sábado, 20 de diciembre de 2014

DOMINGO IV DE ADVIENTO


         “Se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre”. Cada vez que confesamos nuestra fe recitando el Credo, afirmamos  que Dios quiso hacerse hombre, participando de nuestra existencia, para ayudarnos a dar sentido a la vida que pasa y asegurarnos que, incluso después de la muerte, la vida no termina. Por esta razón, en la medida en que creemos, preocupa constatar que muchos están aprendiendo a prescindir de Dios. Y al decir que pasan de Dios quiere decir que lo ven todo y lo organizan todo de tejas para abajo, sin ninguna referencia a un nivel espiritual. Esta realidad debería conducirnos a ser más concientes de nuestra fe, para traducir en nuestra vida la fe que proclamamos de que Dios se hizo hombre, como recuerdan las lecturas que la liturgia  propone en este domingo.

La primera lectura recordaba la historia del rey David. Este monarca, después de haber vencido a sus enemigos, reunificado a su pueblo y establecido su capital en la ciudad de Jerusalén, deseó construir un templo para el Señor, su Dios. Construir sólidos edificios a la divinidad, era para los monarcas de aquel tiempo, un modo de asegurar la ayuda del cielo para fortalecer su poderío y tener, de alguna manera, a Dios a su alcance. Pero el Dios de Israel, que es nuestro Dios, no tiene necesidad de templos materiales, porque está presente en todo lugar, en el cielo y en la tierra. Dios no puede aceptar iniciativas humanas que tiendan a dominarlo. Las palabras del profeta Natán a David contienen un mensaje válido también para nosotros. No interesa  construir estructuras o ideologías, sean religiosas o socio-políticas, sino trabajar para construi una casa, una familia, un pueblo de hombres  y mujeres libres que vivan en la justicia, en el derecho y en la paz. Para realizar este proyecto, Dios promete a David una dinastía perpetua.

La historia, al hundirse el estado fundado por David, se encargó de demostrar que aquella promesa no se refería a una descendencia carnal. La reflexión del pueblo de Israel, primero, y de los cristianos, después, llevó a ver en esta promesa el anuncio del Mesías, del Hijo de Dios hecho hombre, Jesus de Nazaret, a quien confesamos Señor y Rey, que el apóstol Pablo, en la segunda lectura ha definido revelación del misterio mantenido secreto durante siglos eternos y manifestado ahora para traer a todas las naciones a la obediencia de la fe.

Pero Dios, en su obra salvadora, cuenta siempre y en todo lugar con la humanidad para que colabore libremente a su vocación. El evangelio que leemos hoy, al recordar el anuncio del ángel a María, ha recordado el momento en que Dios pedía a la humanidad, representada de alguna manera por la doncella de Nazaret, su consentimiento a la obra de salvación. El amor, la plenitud y la fidelidad de Dios se encuentran con el amor, la humildad y la disponibilidad de María, haciendo posible la realidad de la salvación, que, a decir verdad, aún no ha mostrado toda su dimensión. María, con la concepción del Verbo hecho carne, llega a ser casa de Dios. María es imagen de la Iglesia, formada por todos los creyentes, verdadera casa de Dios, en espera de la casa definitiva, que será la Jerusalén del cielo, en la que todos los salvados vivirán en comunión definitiva con el mismo Dios. Pero es necesario que también nosotros, como María, sepamos responder con un si generoso, hecho no sólo de palabras sino sobre todo de acción, de obra, día tras día.

Abrámonos a la solicitud de Dios, acojamos con la misma generosidad de María al Señor que viene, de tal manera que la celebración de la Navidad, a la luz de la revelación cristiana, nos haga sentirnos de verdad casa de Dios, familia de Dios, que nos haga sensibles al valor de la dignidad de todos y cada uno de los humanos, que son en definitiva nuestros hermanos. Que la realidad del misterio de la Navidad nos haga más sensibles, y nos permita romper las murallas que nos encierran en el egoísmo y nos impiden ver y amar en el hermano a aquellos a quien Dios ama, y por los cuales ha querido ser el Emmanuel, el Dios con nosotros.

Jorge Gibert Tarruell
Monje cisterciense

sábado, 6 de diciembre de 2014

FIESTA DE LA INMACULADA

Oh Dios, que por la
 Concepción Inmaculada 
de la Virgen María 
preparaste a tu Hijo 
una digna morada, 
y en previsión de la muerte
 de tu Hijo la preservaste 
de todo pecado, concédenos, 
por su intercesión, 
llegar a ti limpios de todas
 nuestras culpas.


          Dijo Dios a la serpiente: Establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya; ella te herirá en la cabeza. El relato del Génesis que se lee hoy evoca la situación del hombre que, al desobedecer a Dios, quedó  sometido al combate constante entre el bien y el mal. Sin embargo la tradición cristiana ha sabido descubrir en esta página sombría un signo de esperanza en el sentido de que la victoria final será para el género humano. En efecto, la estirpe de la mujer vencerá al maligno, cuando Dios, hecho hombre en el seno de María, se convertirá en salvación para toda la humanidad. El nombre de "madre de todos los hombres" con el que Adán saluda a Eva, encontrará su total realización en María, cuya maternidad será extendida, al pie de la cruz y por voluntad de Jesús crucificado, a todos los hijos de Dios.

         El designio de salvación dispuesto por Dios ha sido recordado por San Pablo en la segunda lectura, al afirmar que Él ha bendecido en Jesús a toda la humanidad para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor, para alabanza de su gloria. Este magnífico plan preparado por Dios tuvo su inicio en la persona de María, elegida y predestinada por Dios para ser la Madre de su Hijo en el momento de la Encarnación. El privilegio de la Concepción Inmaculada de María no aleja a la humilde Virgen de Nazaret del resto del pueblo de Dios, sino que hace de ella la primera criatura que recibe el don gratuito de la bendición divina en toda su plenitud, obtenida por el sacrificio de Jesús para todo el género humano.

         La lectura del Evangelio recuerda el anuncio del Ángel a María. Es uno de los textos bíblicos que más ha servido a la reflexión cristiana para profundizar el misterio de María, y en particular, su Concepción Inmaculada. San Lucas, al narrar el anuncio del Ángel a María, con sus palabras escogidas con precisión, evoca un contexto de referencias bíblicas que abren horizontes vastísimos, y colocan el "fiat", el sí de la Virgen en el centro de la historia de la salvación. «Alégrate, llena de gracia, -dice el Ángel -, el Señor está contigo, bendita tú entre las mujeres... No temas, has encontrado gracia ante Dios».

         Las palabras del Ángel, colocadas en el contexto de toda la Escritura bíblico,  hacen comprender que los anuncios proféticos relativos al pueblo escogido, no han de aplicarse a un pueblo concreto en la historia sino al resto fiel del pueblo, sobre el cual Dios ha mantenido su misericordia, y entre este resto fiel han de entenderse sobre todo como relativas a la humilde Virgen María, que aceptó acoger al Dios que, en su amor, viene a salvar a todos los hombres que estén dispuestos a acogerle con la misma generosidad de María. Sobre María descansa el Espíritu del Altísimo, aquel mismo Espíritu que al comienzo planeaba sobre las aguas para dar vida al universo, y que en el éxodo guió a Israel hacia la tierra prometida.

         En el corazón del Adviento, el tiempo litúrgico que invita a esperar la manifestación gloriosa del Señor, que, según las antiguas promesas, viene a salvar a todos los hombres, la contemplación del misterio de María en su Concepción Inmaculada, ofrece un ejemplo de esta salvación, que ha manifestado toda su magnificencia. En efecto, María es la primera criatura que ha sido redimida en plenitud, que ha participado totalmente en el misterio salvador de Jesús. María es pues el vértice santo del pueblo de Dios llamado a la santidad. Como cantaremos en el Prefacio, ella es «Comienzo e imagen de la Iglesia», a la cual pertenecemos también nosotros. Ella, con su "fiat" indica el camino a seguir, nos enseña a abrirnos generosamente a la acción salvadora de Dios, para que un día, con Ella, podamos participar plenamente en el Reino que su Hijo nos ha preparado.