domingo, 18 de junio de 2017

Presencia Eucarística en nuestras calles

 

En la Solemnidad del Corpus Christi, parece justo recordar Aquél, que bajo la guía del Espíritu Santo ha hecho de modo que se instituya la Fiesta,
Don con el que el Señor nos busca. Si queremos conocer a Jesús en el modo en el que Él se ha manifestado y no como lo pensamos nosotros, no es suficiente decir: “Está dentro de mí, Él es mi Amigo por lo que no tengo necesidad de nada más”. No es una amistad sincera con Jesús la que rechaza a la Iglesia o los sacramentos juzgándolos como algo superfluo sin saber que es lo que realmente piensa Jesús.
El primer pensamiento reflexionando sobre el Sacramento Eucarístico es que Él es el dueño del mundo: las procesiones del Corpus Christi quieren manifestar esta realidad también exteriormente.
¿Qué decir de las procesiones? Cuando Jesús pasa todavía hay muchos que expresan su reverencia, en otros hace nacer la indiferencia e incluso el fastidio. Pero Jesús pasa para todos y nosotros estamos allí para seguir su invitación. Pasa en silencio entre cantos y reflexiones; pasa por las calles no porque haga Él las diferencias, sino porque somos nosotros los que elegimos de qué parte estar: o con Él o contra Él. También cuando Jesús pasó aquel día entre las calles de Jerusalén para ir al Gólgota, también aquel día hubo quien no se dio cuenta que estaba pasando el Hijo de Dios.
San Agustín puede ayudarnos a comprender la Fiesta de hoy, Jesús le dijo: “Yo soy el alimento de los fuertes; crece y me tendrás. Tú no me transformas en ti, como el alimento del cuerpo, y serás tú transformado en Mí”.
Sin ilusiones, sin ideologías, nosotros caminamos por los caminos del mundo llevando dentro de nosotros el Cuerpo del Señor, y las procesiones son manifestación externa de esta divina Presencia en nosotros.
No dejémonos roben el paso del Rey del mundo por nuestras calles. Los políticos que piensan en el bien de los ciudadanos aplastando una mayoría para tutelar una minoría, en nombre del pluralismo quieren eliminar esta procesión y después permiten manifestaciones que van contra la moral común de toda persona. Repito: no dejémonos que nos roben el paso del Rey del mundo.
Festejamos por nuestras calles un Pan, ese Pan es Dios con nosotros. El Dios que nos quiere liberar de nuestro abatimiento y desánimo, nos quiere elevar para que podamos retomar el camino con la fuerza que Dios nos da mediante Jesucristo. La Eucaristía es el Sacramento de Dios que no nos deja solos en el camino sino se pone a nuestro lado y nos indica la dirección justa porque ha venido a caminar con nosotros.

P. Pierdomenico Volpi

miércoles, 12 de abril de 2017

La unidad del “Misterio Pascual”


La unidad del “Misterio Pascual” nos enseña, que el dolor no solamente es seguido por el gozo, sino que ya lo contiene en sí. Jesús expresó esto de diferentes formas. En la última cena dijo a sus apóstoles: "Vosotros os entristeceréis, pero vuestra tristeza se cambiará en alegría"[1]. Parece como si el dolor fuese uno de los ingredientes imprescindibles para forjar la alegría. También la metáfora de la mujer con dolores de parto lo expresa maravillosamente. Su dolor, efectivamente, engendra alegría, la alegría "de que al mundo le ha nacido un hombre". Todo el ciclo de la naturaleza habla de vida que surge de la muerte: "Si el grano de trigo, que cae en la tierra, no muere, queda solo; pero si muere, produce mucho fruto"[2].
La Cruz, y Jesucristo en ella clavado, no se reduce a un doloroso recuerdo de lo mucho que El, sufrió por nosotros, sino que nos da la seguridad de que podemos gloriarnos en ella, ya que está transfigurada por la gloria de la resurrección.
La resurrección es nuestra pascua; es un paso de la muerte a la vida, de la oscuridad a la luz, del ayuno a la fiesta. El Señor dijo: "Tú, en cambio, cuando ayunes, úngete la cabeza y lávate la cara" [3] El ayuno es el comienzo de la fiesta.
 La postura cristiana referente al sufrimiento es positiva y realista. En la vida de Cristo, y sobre todo su cruz, le ha dado valor redentor. Por tanto, el camino cristiano es el camino iluminado por la muerte redentora de Jesús en la cruz, que lo convirtió en camino de resurrección; así el olvido de nosotros mismos, es perdernos en Cristo, es vida que brota de la muerte y por eso el “Misterio Pascual” que celebramos en los días del “Sagrado Triduo” es la pauta y el programa que debemos seguir en nuestras vidas.
HMJP




[1] Jn 16,20
[2] Jn 12,24
[3] Mt 6,17

viernes, 17 de marzo de 2017

"Señor, dame esa agua..." CUARESMA III DOMINGO -A-

       
        “Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía”. Así inicia la narración del encuentro de Jesús con la mujer samaritana, una de las páginas más sugestivas del evangelio de san Juan, y que, después de describir el itinerario espiritual de aquella mujer hasta llegar a creer en Jesús, culmina con la evangelización de todos los habitantes del pueblo. La Iglesia ha utilizado siempre este importante texto para preparar a los catecúmenos que han de recibir el bautismo en la noche de Pascua.

         Jesús inicia su diálogo con la mujer samaritana junto al pozo de Jacob, y le habla del agua viva que él puede ofrecer. El tema del agua, íntimamente relacionado con el bautismo cristiano, queda subyrayado además por la primera lectura que evoca el gesto de Moisés durante la travesía del desierto, haciendo brotar agua de la roca para calmar la sed del pueblo. Pero la conversación, de parte de Jesús y a pesar de la reticencia de la mujer, apunta a niveles mucho más altos que la resolución de un problema de suministro de agua. La mujer ofrece cierta lentitud inicial para entrar en la dimensión espiritual que se le propone, y Jesús, para ayudarla a entender el mensaje, no duda en ecararla con el más escondido repliegue de su vida íntima: “Cinco maridos has tenido y el que convive contigo ahora no es tu marido”, le dice. Esta indicación en lugar de indignar a la mujer la conmueve, y da un primer paso para reconocerle: “Señor, veo que Tú eres un profeta”.

         Pero no basta con este primer paso. La finalidad que persigue Jesús es disponer a la mujer para que acoja en su vida al Mesías y a su mensaje. La samaritana da un paso más e interroga a áquel a quien ha llamado “Profeta” sobre el culto legítimo que corresponde a Dios, tema que oponía a judíos y samaritanos. La respuesta de Jesús es decisiva: las rivalidades antiguas han perdido sentido porque ha llegado el tiempo definitivo y los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad. Los verdaderos adoradores no han de preocuparse del lugar o del modo del culto, sino que, guiados por el Espíritu, han de adorar al Padre en la Verdad que es Jesús mismo, verdadero y definitivo templo que substituye cualquier otro santuario o forma de culto.

         “Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga él nos lo dirá todo”. Aquella mujer, que al principio se resistía a dejarse llevar por la palabra de Jesús, vence sus reticencias y recibe una de las pocas manifestaciones claras de Jesús sobre sí mismo: “Soy yo, el que habla contigo”. Es interesante entender la pedagogía de Jesus: ha llevado a la mujer hasta encararse con su misma miseria interior: de allí nace el primer gesto de conversión que cristaliza en la fe en Jesús. El diálogo con Jesús ha obtenido su efecto y la mujer, de alguna manera, se convierte en apóstol de la buena nueva entre sus conciudadanos: “Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que hecho, ¿será éste el Mesías?”. Si bien los habitantes de Sicar, en un primer momento, aceptan el testimonio de la mujer que ya no teme confesar en público su pecado porque está segura del perdón recibido, después de escuchar al Maestro personalmente proclamarán: “Nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo”.

         Los que ya hemos sido iluminados, los que hemos atravesado las aguas del bautismo, deberíamos vivir la plenitud de la luz y de la paz del Reino. Pero la experiencia enseña que nunca nos convertimos definitivamente, que siempre quedan sombras en el fondo de nuestra conciencia. En la Cuaresma Jesús nos invita a encararnos con nuestro pecado, no para desanimarnos y deprimirnos, sino para adquirir la ligereza y prontitud de ánimo de la samaritana, para cancelar el pasado por turbio que fuera y emprender una nueva etapa, convertidos en misioneros de Jesús, portadores de la Buena Nueva de su salvación a todos los demás hombres. Así dará comienzo la siega de campos ya dorados, de los que hablaba Jesús a sus discípulos: “El segador ya está recibiendo el salario y almacenando fruto para la vida eterna”.

 P. J.G.

viernes, 10 de marzo de 2017

CUARESMA- DOMINGO II- Ciclo A

              
        “¡Qué hermoso es estar aquí! Si quieres haré tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. El evangelista pone en labios de Pedro estas palabras que dejan entrever el estado de ánimo del apóstol ante la experiencia que estaba viviendo. En efecto, a Pedro, a Santiago y a Juan les fue dado vislumbrar de modo fugaz y pasajero la gloria que correspondía a Jesús como Hijo de Dios, en quien hallaban cumplimiento la ley y los profetas, representados por Moisés y Elías. Pero Pedro no no se resigna a esta fugacidad y por esto quiere ofrecer medios que permitan prolongar lo más posible esta visión que queda fuera de su alcance. Sin embargpo esta experiencia no es ni meta ni término, sino únicamente un alto en el camino, una invitación a mirar más allá de la realidad presente.

           El evangelista experimenta una cierta dificultad para transmitir lo que llamamos “transfiguración del Señor”. Habla de la luz que resplandecía en el rostro de Jesús, de la luminosidad de sus vestidos, y  cita también una nube luminosa, que, con su sombra, cubrió a los apóstoles. Es un intento de expresar, con palabras humanas, lo que los apóstoles, por unos instantes, fueron admitidos a gozar. Estas expresiones aparecen en la Biblia cuando se quiere significar que Dios se acerca a los hombres para comunicarles algo. La experiencia del Tabor es un momento más de la voluntad redentora de Dios. Las palabras que, desde la nube, pronuncia la Voz: “Este es mi hijo, el amado, mi predilecto”, no son nuevas, pues se han escuchado ya en la fiesta del Bautismo, al salir Jesús del agua del Jordán. El imperativo: “Escuchadle”, nos da el sentido de toda la escena de la transfiguración: a los apóstoles, y en ellos a todos nosotros, se nos invita a aceptar a Jesús, a seguirle sin dudar, a caminar por el camino que nos muestra, a fiarnos de él. 

            La primera lectura ha recordado hoy la vocación del patriarca Abhahán. Un día la voz del Señor llamó a aquel hombre invitándole a salir de su tierra, de la casa de su padre, para dirigirse a una tierra desconocida. A él, un hombre ya anciano y sin hijos, se le promete una descendencia numerosa, una influencia notable en la historia de la humanidad. Y Abrahán, generosamente creyó, lo dejó todo y se puso en camino según se le había dicho. Apoyado solamente en la palabra del Señor, se encaminó hacia lo desconocido. Creyó contra toda esperanza y alcanzó lo que se le había prometido. 

            Lo que dijo la voz del Padre a los apóstoles en el Tabor es algo parecido a lo que en su día dijo a Abrahán. Es invitarles a descubrir que, pasado el momento de la visión gloriosa, se encuentran de nuevo solos con Jesús, el Jesús de siempre, con el cual bajarán de la montaña para encaminarse hacia Jerusalén, dónde el Señor encontrará su cruz y consumará su sacrificio por la salvación de todos los hombres. Pero la visión de gloria no habrá pasado en vano, si en el corazón de aquellos hombres queda el recuerdo de la luz contemplada que ha de confirmarles en la fe a pesar de todas las dificultades. Esperando contra toda esperanza, como Abrahán, sin que obsten sus deficiencias y negaciones, pueden estar seguros que despuntará finalmente el día y que el lucero que no conoce el ocaso brillará definitivamente, cuando el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos. 

            San Pablo, en la segunda lectura, recomendaba a Timoteo a tomar parte en los duros trabajos del Evangelio sin desanimarse. Aunque en determinados momentos pueda parecer que se trabaja en vano, que se agitan los brazos pegando al viento, el que ha sido llamado a ser ministro del Evangelio no puede olvidar que Dios ha dispuesto dar su gracia por medio de Jesús, que destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal. Incluso en medio de las dificultades, la mirada ha de estar puesta en aquel que dio comienzo y completará nuestra fe: Jesús, el que murió y resucitó por nosotros.

            

sábado, 4 de marzo de 2017

CUARESMA- DOMINGO 1 Ciclo A

        
          “Dijo la serpiente: Bien sabe Dios que cuando comáis de ese árbol se os abrirán los ojos y seréis como Dios en el conocimiento del bien y del mal”. El autor del libro de Génesis ha recordado la primera desobediencia del hombre y de la mujer. Este relato nos invita a reflexionar sobre el drama íntimo que todos y cada uno de los humanos hemos experimentado en uno u otro momento de nuestra existencia: el deseo de ser libres, venciendo todo género de sujecióno de esclavitud. Bajo la imagen de un fruto apetitoso, a Adán y a Eva se les ofreció la libertad total, dejando de lado a Dios, para ser dueños de la vida y conocedores del bien y del mal.  

     De hecho, esta es la gran tentación que todos, hombres y mujeres, experimentamos constantemente, pues, de alguna manera, más o menos, todos deseamos sacudirnos el yugo de Dios, de sus preceptos, para campar a nuestras anchas, sin otro límite que nuestro antojo. Pero la experiencia muestra que no somos dioses, sino criaturas de Dios y si nos separamos de Dios, llevados por el ansia de ser libres, caeremos en formas más o menos sofisticadas de esclavitud, y lo que en principio podía parecer liberación, se convierte en otro tipo de sujeción a realidades concretas.  Desde Adán y Eva en el paraíso hasta Jesús en el desierto, los humanos sentimos la fuerza y la atracción de la tentación, que nos propone alcanzar algo más gratificante que la rutina de cada día.

“Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado”. Esta página del evangelio suscita siempre extrañeza pues sorprende  ver sujeto a la tentación al mismo Hijo de Dios que ha venido al mundo para salvar a los hombres. Pero la Palabra de Dios, para salvar a los hombres, ha querido asumir su realidad hasta el fondo y así, el autor de la carta a los Hebreos, al presentar la figura de Jesús, no duda en afirmar: “No es incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que  ha sido probado en todo exactamente como nosotros, menos en el pecado”. Por esto ha sido tentado, para mostrar que es uno de los nuestros; por esto ha sentido como aleteaba junto a su rostro humano la duda sobre si eran aceptables o no las realidades de la vida, sobre si valía la pena intervenir para corregir la obra de Dios y adaptarla a los parámetros de los humanos.

El relato de las tentaciones de Jesús en el desierto no presentan a unn especie de superhombre que, desde una impasibilidad frustrante precisamente por estar por encima de lo humano, vence al tentador casi despreciándole. La victoria de Jesús en las tentaciones procede por un camino que están a nuestro alcance: la misma Palabra de Dios, la Palabra que Dios ha confiado a los hombres para que sea lámpara para sus pasos, luz en sus senderos. El tentador queda vencido precisamente cuando oye: “Está escrito”. Jesús ha escogido vivir en comunión con su Padre, hacer de su voluntad norma de sus acciones. Si se refiere a lo que está consignado en las escrituras, no lo hace por pusilanimidad, por falta de libertad o de iniciativa, o por miedo. Lo hace por amor. Porque ama quiere cumplir la voluntad del que le ha enviado: “Al Señor tu Dios adorarás y a él sólo darás culto”.

Las tentaciones que san Mateo recuerda no contienen una temática trascendental, de carácter esotérico, apta para una minoría de iniciados. Se refieren a las preocupaciones que acostumbran a prevalecer en el espíritu de los mortales: los problemas inherentes a la subsistencia, figurados en la comida; el ánsia de la fama y de la admiración de los demás; y finalmente, la ambición del poder y del dominio. Tentaciones que todos experimentamos y a las que, a menudo, cedemos. Las respuestas que Jesús opone a las sugerencias del tentador ponen de manifiesto cuál debe ser nuestra respuesta ante los atractivos del consumismo, de la seducción del dinero y de la ambición del poder que pesan constantemente sobre la existencia de los hombres.

Que durante esta Cuaresma Dios nos conceda ser más conscientes de la tentación de precindir de Dios que nos acecha continuamente, olvidando nuestra condición de criaturas. Como Jesús, sintiéndonos hijos del Padre, busquemos en el amor de Dios la fuerza para tratar de ser cada día más humanos, para vivir mejor nuestra condición de cristianos.


sábado, 25 de febrero de 2017

"Nadie puede estar al servicio de dos amos" . VIII Domingo TO - Ciclo A


“Nadie puede estar al servicio de dos amos. No podéis servir a Dios y al dinero”. Al hablar de los dos amos, Jesús no olvida que Dios nos ha enseñado que hemos de ganar el pan de cada día con el sudor de nuestra frente. Pero al mismo tiempo quiere inculcarnos que la natural preocupación por los bienes materiales no ha de crecer hasta el punto de hacernos vivir agobiados de modo que olvidemos el papel que corresponde a Dios en nuestra existencia cotidiana. Al hablar de los dos amos, Jesús utiliza el término “servir”, que supone una situación de real dependencia en el sentido propio de la palabra, que difícilmente se compagina con la condición de personas libras que nos corresponde como hijos de Dios que somos. Es desde esta perspectiva que hemos de entender la recomendación de Jesús: “No estéis agobiados por la vida pensando qué vais a comer, ni por el cuerpo pensando con que os vais a vestir”. Esta forma de hablar podrá parecer poco realista para quienes, día tras día, se esfuerzan por asegurar la buena marcha de la familia, especialmente en estos momentos difíciles de crisis. Naturalmente hay que comer y vestirse, y buscar el modo de dar de comer y de vestir a los nuestros. Pero interesa hacerlo sin agobio, de una manera serena, evitando hacer de lo material la única obsesión de nuestras vidas. Jesús invita a dar a cada cosa la importancia que le toca, procurando al mismo tiempo evitar la frenética carrera del consumismo a la que está abocada nuestra sociedad, al crear continuamente necesidades superfluas.

Desde su visión de la realidad, Jesús se permite utilizar la  imagen de los pájaros del cielo que encuentran comida, sin sembrar ni segar ni almacenar, y la de las flores del campo que, sin esfuerzo, se visten con ropajes de calidad inigualable. A pesar de su contenido poético, estas imágenes podrán parecer a muchos fuera de lugar. Pero conviene entender estas imágenes como invitación a entender la vida en el contexto del plan o designio de Dios, que reclama abrirse a la confianza en la bondad de Dios. De ahí la conclusión que Jesús propone: “Buscad el Reino de Dios y su justicia. Lo demás se os dará por añadidura”. Jesús ha venido para anunciar el reinado de Dios entre los hombres, y ante esta realidad quiere asegurarnos que todo lo demás, que comprende cuanto necesitamos para la vida corriente, tiene su importancia, pero no depende únicamente de nuestro esfuerzo, sino que contamos con la voluntad de Dios que quiere ayudarnos.

            Pero quizás cabe preguntarse si realmente es posible aún confiar en Dios, contar con él en el quehacer de nuestra existencia. Hoy la primera lectura invita a reflexionar acerca de esta delicada realidad. Un profeta habla en nombre del pueblo: “Sión decía: Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado”. Se trata de una reflexión de un pueblo que, destrozado por los contratiempos y agotado por las dificultades, se plantea la eterna cuestión, que tantos y en tantas ocasiones no han dudado en decir: ¿Dónde está Dios? Pero ante esta angustia del pueblo, el profeta se siente inspirado para dar una respuesta que, aunque a veces cueste aceptar, es la única válida para todos y para todos los tiempos. Y así continúa: “¿Es que puede una madre olvidarse de su criatura; no conmoverse por el hijo de sus entrañas?”. La experiencia, lamentablemente, ha demostrado que una madre puede llegar a olvidar su amor por el hijo de sus entrañas, pero Dios quiere inculcarnos que, a pesar de todo, el amor que él tiene para con los hombres no puede pasar. Y  afirma: “Pues aunque una madre se olvide del hijo de sus entrañas, yo no te olvidaré”. Dios nos ama hasta el extremo, y lo ha demostrado entregando por nosotros su propio hijo, Jesús, permitiendo que fuera clavado en la cruz. Mantengamos pues firme nuestra confianza en el amor de Dios, que quiere salvarnos por encima de todo.


jueves, 29 de diciembre de 2016

NAVIDAD ES AMOR



En esta octava de la Navidad, tenemos como centro de nuestra Comunidad monástica a Jesucristo, el Verbo encarnado. Le damos gracias al Padre, porque nos amó tanto que nos dio a su Hijo Unigénito. Jesús, hecho niño-ternura, ha traído al mundo el AMOR DE TODO UN DIOS. Él, ha venido para decirnos que Dios nos ama con AMOR INFINITO y que nosotros debemos amar a los demás, y no quedaremos defraudados, porque “hay más alegría en dar que en recibir”. Por eso nosotras, monjas cistercienses, hemos consagrado nuestras vidas por “amor a Él y a los hermanos”, viviendo el don de la vocación en el carisma cisterciense: dando esplendor a la Liturgia de las Horas (oración oficial de la Iglesia), y acogiendo a los que se acercan a nuestro Monasterio (hospitalidad). Agradecemos a María, el haber aceptado ser la Madre de Dios. En estos días de  “Paz y Amor”, que el Padre nos manifiesta al darnos a tu Hijo, le pedimos que bendiga abundantemente a todos los hombres, y de manera muy especial a los que sufren por cualquier causa.


viernes, 7 de octubre de 2016

XVIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO -C-



      “Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros”. Así se dirigió a Jesús un grupo de leprosos que, por razón de su enfermedad, vivían marginados de la familia, de la sociedad, y del culto religioso, movidos por la esperanza de obtener su curación. Su plegaria expresa de algún modo una fe inicial en el poder de Jesús, y no cae en el vacío, aunque el milagro no tenga lugar inmediatamente. Jesús, por toda respuesta, se limita a enviarlos al sacerdote, a quien correspondía dictaminar, según la ley, la presencia o ausencia de la lepra. Aquellos hombres se fían de la palabra de Jesús, y con la enfermedad aún a cuestas, pero con el corazón henchido de esperanza, se ponen en camino. Su fe alcanza lo que ansiaban y durante el viaje quedan curados de su dolencia.

            Los enfermos curados eran diez y el milagro ha sido el mismo para todos. Pero el evangelista hace notar que nueve de ellos, que eran judíos, entienden su curación desde la perspectiva de la ley: Jesús les ha enviado a los sacerdotes como pedía la ley, y después sabrán anunciar a todos el beneficio recibido de la salud. Estos nueve han tenido la fuerza moral de pedir y obtener un milagro, mostrando su fe y su confianza. Pero les falta la fineza de espíritu para mostrarse agradecidos con quien les ha curado gratuitamente.

            En cambio, el décimo, que era samaritano, un extranjero, al darse cuenta de haber quedado limpio vuelve para dar gloria a Dios. Éste, como los otros nueve, había venido a Jesús para obtener su curación, como los demás creyó en la palabra de Jesús y emprendió el camino para presentarse a los sacerdotes, pero a diferencia de los otros nueve, una vez curado, se siente obligado a volver sobre sus pasos para prostrarse ante Jesús y proclamar la misericordia de Dios. En su curación palpa el amor infinito de Dios, y un corazón que hace esta experiencia no puede dejar de alabar y dar gracias sin límites.

            Este episodio ayuda a penetrar de alguna manera en la intimidad de Jesús y sentir la fuerza de sus sentimientos. Jesús ha actuado movido por su misericordia hacia los hombres y no queda infdiferente ante el comportamientos de quienes son objeto de su favor. En este caso experimenta la ingratitud de los nueve, como deja entrever la pregunta que formula a los presentes, al presentarse el samaritano: “¿No han quedado limpios los diez? Los otros nueve ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extrajero para dar gloria a Dios?”. Jesús es  sensible a la amistad, al afecto, al amor de las personas, y también vulnerable ante el olvido, la ingratitud y las ofensas. Esta sensibilidad de Jesús confirma su condición de hombre y permite valorar la la grandeza de lo que supone la entrega a su pasión y a su muerte.

            “Levántate, vete, tu fe te ha salvado”. El samaritano no ha sido solamente curado de la lepra: se ha acercado a Jesús. Jesús ha venido para acercar a Dios al hombre que se había apartado, para hacerle partícipe de la misma vida divina. Dice al samaritano: “Levántate, vete”: es la invitación que Jesús hace al samaritano y en él a todos nosotros para que le sigamos, en su subida hasta la cruz. El samaritano del evangelio, como Naamán el sirio de la primera lectura han creído, los dos han tenido fe y han obtenido en primer lugar la curación externa de su lepra, y en segundo lugar la purificación del espíritu, el reconocimiento de la acción divina que les hace entrar en el camino de la salvación.


            Para nosotros es importante fijarnos bien en los dos tipos de fe que muestra el episodio de la curación de los diez leprosos: La fe común a los diez leprosos, que les impulsa a implorar a Jesús capaz de curarlos, y la fe propia del samaritano, el cual, al constatar que ha sido curado gratuitamente, no duda en volver sobre sus pasos y de acercarse de nuevo a Jesús para postrarse a sus pies, dando gracias y alabando a Dios. Como el samaritanos volvamos hacia Jesús, para vivir con él y como él, aceptando con él la cruz, para poder reinar con él para siempre.

viernes, 29 de julio de 2016

"EL AMOR NO PASA NUNCA"

   
         La paciencia es la capacidad de padecer o soportar mucho sin alterarse, deprimirse y desanimarse. Es saber esperar cuando algo deseamos mucho. Es saber respetar el ritmo de crecimiento y conversión del otro.

La afabilidad es ser agradable, dulce, suave, porque el amor no es ni agresivo, ni irónico, ni cínico.

La envidia es antagónica total con el amor. El verdadero amor está centrado en el otro y el que envidia se alegra del mal ajeno o se entristece por su bien. Es un sentimiento muy mezquino.

La presunción es una forma de narcisismo, es vanagloriarse, estar muy pagado de uno mismo, es ser autocéntrico,  egocéntrico y alterocéntrico. El verdadero amor, al menos, piensa en su hermano como en sí mismo.

El Engreimiento, es vanidad y soberbia. El verdadero amor no busca destacar, sino que vive en la gratuidad, en el amor como un don inmerecido.

Irritar es provocar ira y la ira causa indignación o enojo. El amor lucha por la felicidad y bienestar del otro.

El amor no es mal educado ni egoísta y desde el amor, todo se soporta, se sufre, se acoge con humildad.

Llevar cuentas del mal es una forma de rencor. El que ama perdona y olvida. No acusa de los pecados pasados del hermano ni se venga humillándolo.

Alegrarse de la injusticia es incompatible con el auténtico amor, ya que el que ama vive en la verdad y goza con ella y la injusticia es una forma muy cruel de la mentira.

         El que ama disculpa sin límites y disculpar es quitar la culpa de otro. Buscar razones para atenuar la responsabilidad moral del que ha obrado mal.

El que ama se fía del otro sin límites, aunque tenga sospechas en contra. No duda de él.

El que ama espera en el otro sin límites, no se desanima pensando que no hay remedio para él. Que no tiene la solución, confía siempre en encontrarla.

        El que ama aguanta sin límites y lucha sin desfallecer por sostener al otro, por no dejarlo caer. Sabe soportar lo adverso, lo desagradable, ama al otro por lo que es y no por lo que hace.

sábado, 2 de julio de 2016

LA ALEGRÍA CRISTIANA !!

¿Hay lugar para la alegría en un mundo tan lacerado por el dolor?



 La alegría verdadera, la que perdura por encima de las contradicciones y del dolor, es la de quienes se encontraron con Dios en las circunstancias más diversas y supieron seguirle. Y, entre todas, la alegría de María, como ejemplo: “Mi alma glorifica al Señor, y mi espíritu está transportado de alegría en Dios, mi salvador. El cristiano no  puede hablar de  alegría sin hablar de la Cruz, porque  cuando ofrecemos nuestras propias cruces amorosamente, Dios las transformará en alegría. “Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares, dice el salmo”.
Para el que vive así su vida cristiana la ofrenda que hizo el Señor de Su propia Vida por nuestra redención cobra un papel fundamental en su vida. El cristiano sufre, llora, tiene momentos amargos y siente dolor como cualquier otro ser humano. Sin embargo, la opción por el seguimiento de Jesús y la identificación con Él  en todo, también en el “acto supremo del amor”: pasión y muerte, le hace encontrar sentido  y utilidad salvífica a todo el dolor que le toca vivir por la certeza de que no solo él sino también tantos hermanos llegarán por el ofrecimiento de su sufrimiento, con Jesucristo a la Gloria de la Resurrección. Entonces… “Vuestra tristeza se convertirá en gozo”. Dios transforma nuestro dolor en gozo, la pena en júbilo, la muerte en resurrección. Y esta Resurrección en esperanza y en parte, de un modo muy real, comienza en esta vida ya. Aunque llegará a plenitud en la otra.
A poco que hayamos vivido nuestro cristianismo, todos hemos experimentado de una u otra forma, esta feliz realidad.


lunes, 20 de junio de 2016

LA ALEGRÍA CRISTIANA I


Santo Tomás  de Aquino define la alegría como la consecuencia del amor, es decir, la alegría es el brillo que existe cuando hay amor, y es tanto más grande cuanto mayor es el amor y cuanto más noble es aquello que se ama.  La alegría es una de las características más importantes de la vida cristiana.
Pero ¿qué es la alegría? Cuando nos encontramos con aquello que amamos, sentimos alegría y esta es tanto más grande cuanto es el amor que tenemos a lo encontrado. Concluye Santo Tomás diciendo que la alegría en el cristiano, está en el encuentro con Dios, que es encuentro con su amor infinito.
Entonces, nuestra alegría tiene la medida del amor de Dios que hemos acogido en nosotros. Y la alegría más grande, efectivamente, está en el amor más grande, pero el amor más grande está en el amor que Dios nos tiene, es decir, que la alegría más grande se da cuando reconocemos experimentalmente que Dios me ama. Por eso cuando reconocemos y experimentamos en nosotros y a nuestro alrededor la acción amorosa de Dios a través de tantas cosas, a lo largo del día y de los días, nos sentimos alegres, incluso en los momentos más dolorosos de la vida.

 La alegría más grande, pues, es saberse amado por Dios. Es esa alegría, que nada ni nadie puede quitarnos. Por tanto nada tampoco puede ocultar la profunda alegría al que se sabe amado por Dios. 
HMJP

viernes, 20 de mayo de 2016

GRORIAL AL PADRE, AL HIJO Y AL ESPÍRITU SANTO


 Este domingo celebramos el gran amor que Dios nos tiene. Él nos invita a compartir su propia vida trinitaria. Su vida es dar y darse. Por el amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo somos hijos de Dios. Por lo cual, cuando llamamos Padre a Dios, expresamos el misterio más grande que existe, la “Trinidad Santísima”.  Dios mismo ha abierto su "corazón", su "intimidad"; ha revelado que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Un sólo Dios y tres Personas que desde toda la eternidad viven en íntima comunidad, en amor recíproco y la entrega más completa.

Este Misterio trinitario es evento salvador. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo han estado siempre presentes en la historia de la humanidad, donando la vida y comunicando su amor; introduciendo y transformando el devenir de la historia. El Nuevo Testamento, nos muestra con claridad una estructura trinitaria actuando en conjunto en la salvación, que ha continuado en la Iglesia desde los orígenes, en la raíz de la fe viva de la primera comunidad cristiana haciéndose presente, principalmente, en el acto del bautismo de cada uno y en la expresión de fe del mismo Bautismo encuentra su plenitud. “…Yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu santo.” 

               La Solemnidad de la Santísima Trinidad nos recuerda cada año más viva e íntimamente que Dios Padre quiere venir a vivir en nosotros y con nosotros, y que debemos crecer en el deseo de estar siempre con el corazón abierto a la acogida de la presencia Trinitaria en un continuo ¡Gloria al Padre!

               Nos recuerda también que el Hijo, Jesús, la Palabra, nos invita a escuchar del Padre: “eres mi hijo, eres mi alegría” y que debemos acoger  esta Palabra en nuestro interior y vivir en un continuo ¡Gloria al Hijo!


Y por último, nos recuerda que debemos estar a la escucha, porque el Espíritu Santo grita en nosotros, que somos hijos en el Hijo y por tanto hermanos en Él y por Él, que debemos tener continuamente nuestras manos extendidas, acogiendo a todos los hombres y mujeres en su diversidad de rostros, viviendo en un perenne ¡Gloria al Espíritu Santo!

viernes, 6 de mayo de 2016

VOY A PREPARAR UN LUGAR PARA VOSOTROS EN EL CIELO

 
La Ascensión clava nuestra esperanza de forma indemne nuestra en propia felicidad eterna. Así como Jesús, el Hijo de José y María, ha subido con su cuerpo glorificado al cielo, así tú, yo  y todos los fieles que se esfuercen en entrar y vivir el misterio, subirá para nunca bajar, para quedarse para siempre allí. 
  La Ascensión, es un subir, es un superarse de continuo, un no resignarse vivir mirando siempre al suelo. Es un deseo continuo de  Subir, siempre subir; querer ser otro, distinto, mejor; mejor en lo humano, mejor en lo intelectual y en lo espiritual. Cuando uno se para, enferma; cuando uno se para definitivamente, ha comenzado a morir. Se impone la lucha diaria, la tenaz conquista de una meta tras otra, hasta alcanzar la última, la añorada cima de ser santo. Esa es mi meta, esa es mi cima, tu meta, tu cima.
  Al ascender al cielo Jesús no pensaba sólo en su triunfo; quería que todos los hombres subieran con Él a la patria eterna. Había pagado el precio; había escrito el nombre de todos, de cada uno, en el cielo, tu nombre y el mío, el de cada uno. El Cielo es tuyo, el Cielo es mío, es nuestro, do todo el que tiene ese deseo constante y creciente de subir. Es preciso que nos preguntemos, al menos de vez en cuando: ¿Subimos o nos quedamos?  Recordemos siempre que Jesús subió a “preparanos un lugar”. Si no subimos, lo perdemos. ¡Cómo debe emocionarnos esto:  Dios mismo preparando un lugar, mi lugar, en el cielo. 
 Dios creó al hombre, a ti y a mí concretamente, para que, al final, vivamos eternamente felices en la gloria. Si nos disponemos a subir, Dios consigue su plan, y nosotros logramos nuestro sueño. Entonces habrá valido la pena vivir...
¡Con cuanta ilusión Jesús hubiera llevado a la gloria consigo a sus dos compañeros de suplicio! Pero sólo pudo llevarse a uno. Porque el otro no quiso... Se salva sólo quien quiere salvarse. El nos ofrece la salvación, cada uno debemos aceptarla y acogerla.
Si Cristo pudiese ser infeliz, lloraría eternamente por aquellos que, no quisieron aceptar su salvación. Jesús lloró sobre Jerusalén, Jesús ha llorado por ti y por mí, cuando le hemos cerrado la puerta de nuestra alma. Ojalá que esas lágrimas, sumadas a su sangre, logren llevarnos con Él al Cielo.
Si le pedimos con la misma sinceridad que el buen ladrón: "Acuérdate de mí, Señor, cuando estés en tu Reino", no hay duda de que escucharemos también: "Estarás conmigo en el Paraíso". Y así, el que escribió tu nombre en el cielo podrá, por fin, decir: "Misión cumplida". 
Dios a través de la Segunda Persona de la Trinidad –El Hijo- nos ha regalado al Cielo, para nosotros, es hora de responder. No podemos vivir sin su amor. La vida sin Él es un penar continuo, una madeja de infelicidad y amarguras. Amar es la respuesta, es el sentido, amar eternamente al que infinitamente nos ha amado. El Cielo lo grita: Dios es amor.
La ascensión nuestra al cielo, será el último peldaño de la escalera que tenemos que subir; será la etapa final y feliz, sin retorno ni vuelta atrás. Debemos pensar en ella, soñar con ella y poner todos los medios para obtenerla. Todo será muy poco para conquistarla. Después del Cielo sólo sigue el Cielo. Todos nuestros anhelos más profundos y entrañables, estarán, por fin, definitivamente cumplidos.
Al final de la vida lo único que cuenta es lo hayamos hecho por Dios y por nuestros hermanos. "Yo sé que toda la vida humana se gasta y se consume bien o mal, y no hay posible ahorro. Los años son ésos y no más, y “la Eterna Felicidad” el Cielo, para quien la desee de Verdad.


sábado, 26 de marzo de 2016

"RESUCITÓ DE VERAS MI AMOR Y MI ESPERANZA" ¡ALELUYA!



          Ha llegado la Pascua, Cristo ha resucitado y todos los creyentes nos sentimos felices. Quizá porque ha acabado la Cuaresma y ya podemos dejar los ejercicios ascéticos (si los hemos practicado) empezando por el ayuno, y para eso nada mejor que empezar por una buena comida. Psicológicamente está comprobado que cuánto más una persona se ha esforzado en la ascesis cuaresmal, cuando acaba la Cuaresma, esta tensión explota y muchas veces se da el fenómeno contrario y se piensa en liberarse de tanto sacrificio buscando el placer con más denuedo que antes de empezar el período Cuaresmal.

La Cuaresma nos pide una purificación del corazón, una conversión profunda, y esto no es algo que dure 40 días. La conversión es una actitud que debe acompañarnos cada día de nuestra existencia ya que es un crecer en el amor. Si Dios es Amor, si Su Amor es infinito, entonces este crecimiento no puede acabar nunca sino que llegará a plenitud cuando resucitemos con Cristo.

Así es, la conversión no es algo triste y penoso, es algo maravilloso pues nos ayuda con la gracia de Dios a vivir más íntimamente en unión con Él. A vivir en lo más profundo de Su compasivo y misericordioso Corazón recibiendo sin cesar ríos de bendiciones. Podríamos decir sin miedo a equivocarnos, que Dios es también alegría, Felicidad, Dicha, Gozo…, por tanto, cuánto más nos identifiquemos con Cristo, cuánto más seamos morada de la Trinidad, cuánto más amemos con el mismo amor de Cristo (sólo posible si vivimos de, en y por Su Amor)  más felices seremos sin duda alguna.

La Resurrección de Jesús inaugura la nuestra, y debemos empezar ya a vivir una vida nueva. Jesús resucita por nosotros, porque nos ama, nos ha librado de nuestros pecados, nos ha salvado, redimido y nos abre las puertas del Cielo para poder gozar eternamente de Dios en una felicidad infinita. Él vive con nosotros, no nos ha dejado ni abandonado, sigue caminando junto a nosotros para ayudarnos a alcanzar la patria verdadera a la cual nos encaminamos. Cristo en la Eucaristía nos espera para inundarnos de Él mismo y vivir ya una vida resucitada que nos alcance la vida feliz y sin fin en el Cielo.

sábado, 5 de marzo de 2016

HIJOS PRODIGOS Y PADRE MISERICORDIOSO


“El padre” Simboliza a Dios Padre y refleja su misericordia y su amor gratuito hacia cada uno de nosotros, que con más o menos conciencia de esta realidad, somos pecadores que deseamos no serlo, por lo que, en algunos momentos de nuestra vida, al menos, pedimos perdón a Dios de una u otra forma.
Esta parábola también refleja mi historia, tu historia, la historia de cada uno. Es la historia de nuestra rebeldía, por no aceptar a Dios como Padre y Señor. Tantas veces, elegimos no quedarnos en la casa paterna, y preferimos vivir peregrinos en el pecado o al menos en una vida de relación con el Padre muy mediocre e interesada, como era el caso del hijo mayor. Mas nuestra lejanía de la casa paternas tiene consecuencias dolorosas que se van intensificando con el tiempo y eso nos hace recordar los beneficios de estar junto al Padre. Entonces decidimos volver con plena conciencia de que el amor Paterno no nos ha abandonado.  
El Padre deja marchar al hijo porque respeta su libertad. El adulto es consciente de lo que quiere, hace y cuáles son sus prioridades. Tantas veces a lo largo de nuestra vida, preferimos conscientemente disfrutar de la hacienda que como hijos nos corresponde más que del amor que El Padre nos está ofreciendo continuamente, que no tenemos ningún reparo en decirle: tengo cosas mías y no quiero que interfieras en ellas, no me controles en nada; ya decidí independizarme de Ti. Malgastamos la herencia recibida y nos quedamos sin posibilidades de supervivencia, en nuestro caso, espiritual. Un día, la memoria de la ternura paterna que habíamos despreciado se despierta, y decidimos regresar a casa, mostrándonos humildes para ser admitidos.
            El Padre que no deja de esperar nunca el regreso del hijo que se ha alejado, sale a nuestro encuentro habiendo perdonado, antes de que hayamos expresado con palabras nuestro arrepentimiento. El cariño, la compasión y el amor son atributos de la naturaleza de Dios. 
Igual que con el hijo pródigo del Evangelio, Dios no reniega de nosotros, no nos reprocha nada cuando volvemos, no nos reprueba por haber malgastado la hacienda -tantos valores, tanta gracia santificante, tanto amor derrochado con nosotros y en nosotros-. Todo está olvidado cuando queremos seguir con él, caminar en su presencia amorosa. Basta con que queramos aprovechar su ese amor de Padre Todocariñoso, disfrutando de su interminable abrazo de bienvenida. Porque este abrazo remedia el corazón del hijo herido que soy yo y eres tú y cada uno de nosotros. Es por este amor, por el que queremos reconciliamos con Él para siempre.
Y para terminar, el padre no solo se alegra del regreso de su hijo, sino que quiere que toda su casa comparta esta alegría. Festeja junto con todos, el regreso de su hijo pródigo. Así es el comportamiento de Dios con nosotros. Entonces no podemos dudar ya, que el arrepentimiento otorga una vida total, porque “Dios es la vida del hombre”, es decir, el pecado es muerte, y la “vida verdadera” es retorno desde aquella perdición.
El Padre celestial nos espera y se alegra con nuestro regreso para llevarnos de la oscuridad hacia la luz, de la muerte a la vida. Es por eso que nuestra “vida verdadera” depende de nuestro regreso a Él. Regreso que se da día a día y momento a momento, en ese continuo deseo de retorno a Dios.
Entonces, entendamos que el camino de la cuaresma expresa tanto nuestra voluntad de regresar a la Casa Paterna, como nuestro anhelo de ver el radiante rostro de Jesús resucitado.

Entonces, entendamos que el camino de la cuaresma expresa tanto nuestra voluntad de regresar a la Casa Paterna, como nuestro anhelo de ver el radiante rostro de Jesús resucitado.

H.MJP

sábado, 20 de febrero de 2016

SU ROSTRO RESPLANDECÍA COMO EL SOL


Lo que la Iglesia celebra en la fiesta de la Transfiguración es la revelación de Jesús como Hijo de Dios.  Los apóstoles se dieron cuenta de que en Cristo “habita toda la plenitud de la Divinidad”. En él se  muestra la meta hacia la cual avanzamos por la fe. Jesús se les muestra transfigurado antes de la Crucifixión, a fin de que ellos sepan quién es el que sufrirá por ellos, y qué es lo que Él, que es Dios, ha preparado para aquellos que le aman. Es decir, Jesús se manifiesta ante sus discípulos como lo que Él es, como Hijo de Dios. Pero también indica lo que somos nosotros para Él  y a lo que estamos llamados.

            Cuando Pedro ve a Cristo transfigurado, resplandeciente como el sol, con sus vestiduras blancas como la nieve, no está viendo simplemente a Cristo, sino que, de alguna manera, se está viendo a sí mismo y a todos nosotros. Ve el estado en el que nosotros viviremos por la eternidad.

            Es un misterio el que nosotros vayamos a encontrarnos en la eternidad en cuerpo y alma. Y Cristo, con su verdadera humanidad, viene a darnos la explicación de este misterio. Él mismo se convierte en la garantía, y da certeza de que, nuestra persona humana, nuestro ser, nuestra identidad tal y como somos, no desaparece, no se acaba. 

            Está muy dentro del corazón del corazón humano el anhelo de felicidad, y de plenitud. Buscamos y hacemos muchas cosas para encontrarla y conseguirla, pero nunca la encontraremos si no es en Cristo, porque la felicidad esta unida a Él. Por eso la Transfiguración de Cristo es una manifestación de la verdadera felicidad.
 
            Este pasaje del Evangelio nos está diciendo que la felicidad es tener a Cristo en el en y con nosotros como el único que llena el alma, como el único que da sentido a todas las obscuridades y sufrimientos, y eso es lo que hace exclamar a   Pedro: “¡Qué bueno es estar aquí contigo!”. Porque tener a Cristo como el único que potencia al máximo nuestra felicidad  nos introduce en el reino de Dios cuya ley es el amor, fuente de alegría y de paz.

Ojala que contemplando a Cristo Transfigurado, nos demos cuenta verdaderamente de que ésa es nuestra identidad, de que ahí está nuestra auténtica felicidad. Una felicidad que vamos a ser capaces de tener sola y únicamente a través de la comunión, de la comunión con Él y con los hermanos. Una felicidad que no va a significar otra cosa sino la plenitud absoluta de Dios en cada uno y en todos, en toda nuestra vida. Una felicidad a la que vamos a llegar a través de ese estar con Cristo todos los días, muriendo con Él, resucitando con Él.
H.MJP

  


sábado, 13 de febrero de 2016

Reflexión cuaresmal: No solo de pan vive el hombre

No sólo de pan vive el hombre, si no de toda
palabra que sale de la boca de Dios,



"NADIE QUE CREE EN ÉL QUEDARÁ DEFRAUDADO" (Rm 10,8-13)

El Miércoles de Ceniza comienza la Cuaresma con una enérgica llamada por parte de la Iglesia a la preparación de la Pascua que se avecina y a la definitiva en el Cielo. En esta espera que es nuestra vida terrena, seremos conducidos como Jesús al desierto. El Tentador aprovechará nuestra hambre de éxito y bienestar para sus engañosas ofertas. Como Jesús debemos responder que no sólo de eso vive el hombre.

Hay en nosotros impulsos malos que el Diablo aprovecha para excitarlos: la comodidad, la sensualidad, la ambición, la envidia, que desata la lengua y vierte en los demás el veneno de la crítica, la agresividad y el deseo inmoderado de imponernos a los demás... Todo un elenco de malicia que dañan a quienes nos rodean y también a nosotros mismos.

Mas todos estos sentimientos malos no debemos permitir que nos desorienten ni desanimen, sino que debemos, con la ayuda de Dios, luchar por combatirlos no consintiéndolos. Es más, las tentaciones desempeñan un importante papel en la madurez que se nos está llamado a alcanzar. "Nuestra vida, dice S. Agustín, no puede verse libre de tentaciones; pues nuestro progreso se realiza por medio de la tentación y nadie puede conocerse a sí mismo si no es tentado, ni puede ser coronado si no ha vencido, ni puede vencer si no ha luchado" y la Carta de Santiago en 1,12, también afirma: "Dichoso el varón que soporta la tentación porque, probado, recibirá la corona de la vida que el Señor prometió"

En uno de sus Sermones, el Santo Cura De Ars decía: "Si preguntáis a ese parroquiano de la taberna si el demonio le tienta, os responderá que no, que nada le inquieta. Interrogad a esa joven vanidosa cuáles son sus luchas, y os contestará riendo que no sostiene ninguna, ignorando totalmente en qué consiste ser tentado. La tentación más dañina es no ser conscientes de que somos tentados. Esa es la mayor victoria del demonio sobre nosotros, mantener nuestra conciencia cerrada a nuestra capacidad de pecado y al pecado mismo.

Pidamos  con insistencia al Señor que mantenga nuestros ojos abiertos a la luz se su amor misericordioso, sólo así seremos capaces de vernos tal como somos y estar atentos a las “insidias del enemigo que como león rugiente ronda buscando a quién devorar, para que resistamos firmes en la fe”.